Vivencias Pascuales 2010 (20)

abril 23, 2010

¡A ti la gloria porque asumiste un cuerpo y con la cruz llevaste a las almas al cielo!

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VIERNES DE LA III SEMANA DE PASCUA

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Textos bíblicos litúrgicos. –Entrada: Ap 5, 12; 1era. lectura: Hch 9, 1-20; Salmo: 116, 1-2; Aleluya: Jn 6, 56; Evangelio: Jn 6, 53-60.

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Entrada: Ap 5, 12.- Se contaban por millones y millones, que gritaban a toda voz: Digno es el Cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, la honra, la gloria y la alabanza.

ORACIÓN COLECTA

Te pedimos, Señor, que ya que nos has dado la gracia de conocer la resurrección de tu Hijo, nos concedas también que el Espíritu Santo, con su amor, nos haga resucitar a una vida nueva. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA: Hch 9, 1-20.

En aquellos días, Saulo seguía echando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor. Se presentó al jefe de los sacerdotes y le pidió documentos dirigidos a las sinagogas de Damasco, que lo autorizaran para llevar presos a Jerusalén a cuantos encontrara, hombres o mujeres, que estuvieran siguiendo el nuevo camino.

En el viaje hacia Damasco, cuando ya estaba cerca, lo rodeó de repente una luz que venía del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Él preguntó: “¿Quién eres, Señor?” Respondió la voz: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues; levántate y entra en la ciudad, allí se te dirá lo que debes hacer”.

Los hombres que lo acompañaban se habían detenido, atónitos, pues oyeron la voz, pero no vieron a nadie. Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco. Estaba ciego y permaneció tres días sin comer ni beber nada.

Vivía en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor llamó en una visión: “¡Ananías!” Él respondió: “Aquí estoy, Señor” Y el Señor le dijo: Anda a la calle llamada Recta y pregunta en la casa de Judas por un hombre llamado Saulo de Tarso, que está orando. Y vio en visión un varón llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para que viera.

Entonces Ananías le respondió: “Señor, he oído a muchos hablar de los males que este hombre ha causado a tus santos en Jerusalén, y que ahora tiene poder de los jefes de los sacerdotes para tomar presos a todos los que invocan tu nombre” El Señor le contestó: “Anda, pues este hombre me será un instrumento muy valioso y dará a conocer mi nombre, tanto a los paganos y a sus reyes como al pueblo de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que sufrir por mi nombre”.

Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: “Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado a ti para devolverte la vista y para que quedes lleno del Espíritu Santo” Al instante cayeron de sus ojos como escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado. Comió y recobró las fuerzas. Saulo permaneció algunos días con los discípulos de Damasco, y muy pronto se puso a predicar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.

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Salmo: 116, 1-2.- Id a todo el mundo a predicar el Evangelio (o Aleluya).

¡Aleluya! Alaben al Señor, todos los pueblos y festéjenlo todos los países. Porque grande es su amor hacia nosotros, su lealtad perdura para siempre.

Aclamación: Jn 6, 56.- El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

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EVANGELIO: Jn 6, 52- 59.

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre ellos. Unos decían: ¿Cómo este hombre va a darnos a comer su carne? Jesús les contestó: En verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre, y no beben su sangre, no tienen vida de verdad. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es comida verdadera y mi sangre es bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Como el Padre que vive me envió, y yo vivo por él, así, quien me come a mí tendrá de mí la vida. Este es el pan que bajó del cielo, no como el que comieron sus antepasados, los cuales murieron. El que coma este pan vivirá para siempre. Así habló Jesús en la Casa de oración, en Cafarnaún.

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De los sermones de san Efrén, diácono.- La cruz de Cristo, salvación del género humano

Nuestro Señor fue conculcado por la muerte, pero él, a su vez, conculcó la muerte, pasando por ella como si fuera un camino. Se sometió a la muerte y la soportó deliberadamente para acabar con la obstinada muerte. En efecto, nuestro Señor salió cargado con su cruz, como deseaba la muerte; pero desde la cruz gritó, llamando a los muertos a la resurrección, en contra de lo que la muerte deseaba.

La muerte lo mató gracias al cuerpo que tenía; pero él, con las mismas armas, triunfó sobre la muerte. La divinidad se ocultó bajo los velos de la humanidad; sólo así pudo acercarse a la muerte, y la muerte le mató, pero él, a su vez, acabó con la muerte. La muerte, en efecto, destruyó la vida natural, pero luego fue destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.

La muerte, en efecto, no hubiera podido devorarlo si él no hubiera tenido un cuerpo, ni el infierno hubiera podido tragarlo si él no hubiera estado revestido de carne; por ello quiso el Señor descender al seno de una virgen para poder ser arrebatado en su ser carnal hasta el reino de la muerte. Así, una vez que hubo asumido el cuerpo, penetró en el reino de la muerte, destruyó sus riquezas y desbarató sus tesoros.

Porque la muerte llegó hasta Eva, la madre de todos los vivientes. Eva era la viña, pero la muerte abrió una brecha en su cerco, valiéndose de las mismas manos de Eva; y Eva gustó el fruto de la muerte, por lo cual la que era madre de todos los vivientes se convirtió en fuente de muerte para todos ellos.

Pero luego apareció María, la nueva vid que reemplaza a la antigua; en ella habitó Cristo, la nueva Vida. La muerte, según su costumbre, fue en busca de su alimento y no advirtió que, en el fruto mortal, estaba escondida la Vida, destructora de la muerte; por ello mordió sin temor el fruto, pero entonces liberó a la vida, y a muchos juntamente con ella.

El admirable hijo del carpintero llevó su cruz a las moradas de la muerte, que todo lo devoraban, y condujo así a todo el género humano a la mansión de la vida. Y la humanidad entera, que a causa de un árbol había sido precipitada en el abismo inferior, por otro árbol, el de la cruz, alcanzó la mansión de la vida. En el árbol, pues, en que había sido injertado un esqueje de muerte amarga, se injertó luego otro de vida feliz, para que confesemos que Cristo es Señor de toda la creación.

¡A ti la gloria, a ti que con tu cruz elevaste como un puente sobre la misma muerte, para que las almas pudieran pasar por él desde la región de la muerte a la región de la vida! ¡A ti la gloria, a ti que asumiste un cuerpo mortal e hiciste de él fuente de vida para todos los mortales!

Tú vives para siempre; los que te dieron muerte se comportaron como los agricultores: enterraron la vida en el sepulcro, como el grano de trigo se entierra en el surco, para que luego brotara y resucitara llevando consigo a otros muchos.

Venid, hagamos de nuestro amor una ofrenda grande y universal; elevemos cánticos y oraciones en honor de aquel que, en la cruz, se ofreció a Dios como holocausto para enriquecernos a todos (Sermón sobre nuestro Señor, 3-4.9: Opera, ed. Lamy, 1, 152-158. 166-168).

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Vivencias Pascuales 2010 (19)

abril 22, 2010

Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae. Quien crea en el que el Padre ha sellado tendrá vida eterna

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JUEVES DE LA III SEMANA DE PASCUA

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Textos bíblicos litúrgicos.- Entrada: Ex 15, 1-2; 1era. lectura: Hch 8, 26-40; Salmo: 65, 8-9. 16-17. 20; Aleluya: Jn 6, 51; Evangelio: Jn 6, 44-52; Comunión: 2 Cor 5, 15.

Entrada: Ex 15, 1-2.- Cantaré a Yahvé que se hizo famoso, arrojando en el mar al caballo y su jinete.

¡Yahvé, mi fortaleza! A él le cantaré; él fue mi salvación; él es mi Dios, yo lo alabaré, el Dios de mis padres, lo ensalzaré.

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TEXTO INSPIRADOR.- Jesús dijo a los judíos: Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae. Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Así, todo hombre que escucha al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. En verdad les digo: El que cree tiene vida eterna.

Apreciado hermano, estimada hermana, procura hacer tuya la siguiente oración durante esta jornada. Ella puede no sólo canalizar tus sentimientos religiosos, sino incluso provocarlos y alimentarlos.

Tu vivencia pascual implica todo un proceso ascendente hasta que toda tu persona sea transformada, hasta que Cristo lo sea todo para ti gracias a la acción del Espíritu que se manifestará abiertamente en Pentecostés. San Pablo te señaló la meta: “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Amén.

ORACIÓN COLECTA.- Dios todopoderosos y eterno, que en estos días de Pascua nos has revelado más claramente tu amor y nos has permitido conocerlo con más profundidad; concede a quienes has librado de las tinieblas del error adherirse con firmeza a las enseñanzas de tu verdad. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA: Hch 8, 26-40

En aquellos días, el ángel del Señor habló a Felipe diciendo: Anda hacia el sur por el camino que baja de Jerusalén a Gaza, y que cruza el desierto. Se puso en camino y se encontró con un etíope, funcionario del palacio de Candace, reina de Etiopía, administrador de todos sus bienes. Había venido a Jerusalén a rendir culto a Dios, y regresaba sentado en su coche, leyendo al profeta Isaías.

El Espíritu dijo a Felipe: Adelántate y únete a ese coche. Felipe corrió hasta él, lo oyó leer al profeta Isaías y le preguntó: “¿Entiendes lo que lees?” El etíope contestó: “Si nadie me explica, ¿cómo voy a entender?” E invitó a Felipe a subir y a sentarse junto a él. El pasaje de la Escritura que iba leyendo era éste: “Como una oveja fue llevado al matadero; como un cordero mudo ante el que lo trasquila, así él no abrió su boca. Lo humillaron y le negaron todo derecho; ¿quién podrá hablar de su descendencia? Porque su vida fue arrancada de la tierra”.

El etíope preguntó a Felipe: “Dime, por favor, ¿a quién se refiere el profeta al decir esto? ¿A sí mismo o bien a otro?” Felipe entonces, partiendo de este texto de la Escritura, se puso a anunciarle a Jesús.

Siguiendo el camino llegaron a un lugar donde había agua. El etíope dijo: “Aquí hay agua, ¿qué dificultad hay en que me bautice?” Y dijo Felipe: “Si crees con todo tu corazón, se puede”.

Entonces el otro hizo parar su coche y bajaron ambos al agua. Felipe bautizó al funcionario. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; el otro no lo vio más y siguió entonces su camino muy alegre. Felipe se encontró en Azoto y se fue a evangelizar todas las ciudades hasta llegar a Cesarea.

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COMENTARIO

Este relato nos recuerda el pasaje de los discípulos de Emaús. Ambos resumen la catequesis presacramental. Felipe acaba bautizando, Jesús acaba mostrándose en la eucaristía. En ambos casos se parte de la inquietud de los personajes que buscan, que tienen algún conocimiento del antiguo testamento. Después, y gracias al evangelizador llegan a conocer a Cristo, a creer en él, y consiguientemente reciben los sacramentos. Así se incorporan a la Iglesia y viven con alegría la novedad cristiana.

Estos hechos de las primitivas comunidades cristianas nos estimulan a renovar nuestro deseo de estar en comunión con los hombres de nuestro tiempo para descubrir en ellos sus inquietudes y búsquedas de autenticidad y libertad. En Pascua todos debemos ejercitarnos en anunciar a Cristo con más aplomo e imaginación, y proclamar su salvación con hechos y con palabras a favor de todos los hermanos que viven a nuestro alrededor. Con ellos debemos sintonizar. Por ellos debemos orar a Dios hasta que nos envíe el Espíritu, el “sello de Dios”, que nos guiará hacia los caminos por donde ellos transitan. La caridad pastoral nos impulsará a subir a sus carrozas para anunciarles a Cristo y celebrar la salvación. Que así sea.

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Salmo: Sal 65, 8-9. 16-17. 20.

Bendigan, naciones, a nuestro Dios, que se escuchen sus voces que lo alaban, pues él es quien da a nuestra alma la vida e impide que tropiecen nuestros pies. Vengan a oírme, fieles del Señor, y lo que hizo por mí les contaré. Mi boca le gritaba, mi lengua lo alababa. ¡Bendito sea Dios, que no puso mis súplicas aparte ni me negó su amor!

Aclamación: Jn 6, 51.- “Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y la daré para la vida del mundo”.

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EVANGELIO: Jn 6, 44-51.

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Así, todo hombre que escucha al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Es que nadie ha visto al Padre fuera del que ha venido de Dios: éste ha visto al Padre. En verdad les digo: El que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de vida. Vuestros antepasados, que comieron el maná en el desierto, murieron. Aquí tienen el pan que bajó del cielo para que lo coman y ya no mueran. Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y la daré para la vida del mundo”.

Comunión: 2 Cor 5, 15.- El murió por todos, a fin de que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para él, que por ellos murió y resucitó.

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LA DIGNIDAD DEL HOMBRE RADICA EN LA CAPACIDAD PARA ENTRAR EN COMUNIÓN CON DIOS TRINIDAD

En el capítulo sexto de Juan que se proclama estos días en la misa Jesús nos habla constantemente del Padre que lo ha enviado para darnos a conocer los designios de salvación. De una y otra manera, Jesús pretende suscitar en nosotros la fe. Apela a los milagros que hace y que lo acreditan como el enviado por el Padre. Jesús es el único que ha bajado del cielo y que lo conoce. De lo que ha visto, da testimonio. La fe, por tanto, es el primer paso del hombre para entrar en comunión con Dios, a través de Jesús, Mesías e Hijo de Dios.

Hoy día, la renovación que nos pide la Iglesia en la nueva evangelización no es de retoques, sino de fundamento. Se nos pide volver a las fuentes, para reapropiarnos de nuestros orígenes, de la vida de Dios que se nos dio en el Bautismo. Fuimos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Por tanto la santísima Trinidad habita en nosotros, fuimos introducidos en la vida de la Trinidad: somos hijos de Dios Padre, hijos y coherederos con Cristo, y templos del Espíritu.

En esta vocación radica nuestra dignidad como hombres: somos llamados a entrar en comunión con Dios. Fuimos amados por nosotros mismos, no en función de nada ni de nadie. Por eso somos personas y tenemos derechos. “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios” (GS 19; Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 355-59).

“Toda la Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). “Tengan los fieles acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu” (Ef 2, 18).

El hombre no nace acabado, no se vale por sí mismo. Necesita que alguien lo afirme, lo valore y lo empuje hacia su meta. De lo contrario, crece sin ilusión, inadaptado socialmente, con baja autoestima. El hombre es afirmado de manera fundamental y suficiente por Dios mismo, que lo ama por sí mismo, y lo constituye en persona, sujeto de derechos. Después de Dios, los padres humanos son su sacramento, constituyéndose en el canal más directo y valioso por el que llega a nosotros el infinito amor divino.

Por ellos recibimos lo mejor o lo peor. Si hemos costado mucho a nuestros padres, valemos mucho. Hasta cierto punto, somos en la vida lo que hemos recibido, sobre todo de nuestros padres. Las otras realidades son adherencias más o menos importantes, pero lo decisivo son los padres, y son insustituibles. Los padres empujan a los hijos a ser, a desarrollarse, a triunfar en la vida, a superarse. Ellos también pronuncian nuestro nombre, como nuestro Padre Dios. Valga la aplicación del pensamiento agustiniano a esta realidad: Amor meus, pondus meum. El amor es mi peso, el amor que recibo, y también el que doy a discreción.

Somos o valemos por el amor que hemos recibido, pero también por el amor que damos. Por eso, habrá que preguntarse, primero por aquellos que nos han afirmado, y segundo, por aquellos a quienes yo estoy afirmando actualmente. El ser y sentirse amados produce en nosotros seguridad, serenidad, autoaprecio, optimismo, salud psíquica y física, creatividad; y en general, crea el ambiente propicio para el pleno desarrollo de la personalidad y la condición para desarrollar todas nuestras potencialidades. El temor, el rigidismo encoge, congela, paraliza nuestras posibilidades.

En el tiempo pascual se nos propone vivir la fe más a flor de piel: fiarse más de Dios, y abandonarse a la acción del Espíritu para hacer efectiva la victoria de Cristo sobre todo mal, comenzando por nosotros mismos. De ahí que sea conveniente ejercitarse también en cuanto favorece la capacidad de comunicación en las relaciones interpersonales: amar a Dios y a los hombres, y dejarse amar de Dios y de los hombres. Al fin y al cabo las mismas leyes rigen el encuentro entre los hombres y el encuentro del hombre con Dios.

Por eso, estimado amigo, te propongo algunos ejercicios o dinámicas de crecimiento afectivo y sanación interior. Recuerda, por ejemplo, las experiencias valiosas de tu vida donde te hayas sentido más afirmado y amado por Dios. Revívelas nuevamente, y agradécelas. Trata de sentir y experimentar el amor fundante de Dios, de Dios Padre sobre todo.

Puedes recordar también los momentos y experiencias en que has sido afirmado con mayor fuerza por parte de tus padres, hermanos, maestros, profesores, amigos. Revívelo todo con fuerza, con emoción, retroaliméntate afectivamente, pues la trama de la vida, poco a poco y de manera imperceptible, nos va desarraigando del humus vital del amor y de la ternura. Y agradécelo, a Dios y a los hermanos.

Podrías también preguntarte: ¿A quién estoy yo afirmando actualmente? Porque tengo que dar vida, tengo que desarrollar mis talentos, alcanzando nuevas metas y experimentando la plena satisfacción. Hay más alegría en dar que en recibir. Dar desde Dios y con Dios, dar por Dios y en Dios: imitando a Dios, incluso siendo Dios mismo.

Algunas personas tienen especiales dificultades para sentirse amadas, son recelosas y con facilidad rehúyen las relaciones humanas más profundas o comprometedoras, sienten temor, indignidad, inseguridad, no se fían. Puede haber al fondo de todo esto una experiencia dolorosa, un desengaño, que afectará por igual a la relación con los demás y con Dios: dificultad para sentirse amado, valorado. ¿Cómo facilitar la percepción de sentirse amados? ¿Se puede aprender, se puede disponer uno interiormente para experimentar el amor y la benevolencia de los demás y de Dios?

Algo se puede hacer. En primer lugar, colaborar y dejarse llevar para involucrarse en el mundo de los demás. No puede ser que todos los demás estén equivocados, y solamente uno esté en lo cierto. Debería uno desconfiar de las propias seguridades. En segundo lugar, la persona trataría de ver buena voluntad e intención en los demás; intentaría mirarlos con cierta benevolencia e indulgencia, y dejarse amar por ellos. Para ellos debe de ser importante lograr encontrarse conmigo. Además no creo que sea con mala intención. Entonces, yo trato de permitírselo, quiero dejarme llevar, quiero que ellos se sientan bien. No me resisto a ser amado por ellos; pongo algo de mi parte. Porque si uno no quiere ser amado, nunca se sentirá amado.

Un paso más en esta apertura a la confianza en Dios y en los hermanos consistirá en reconocer que probablemente yo he sufrido experiencias negativas que otros quizás no han experimentado. Es probable que el que está enfermo sea yo, que yo tenga lentes oscuros y por eso es que veo distorsionada la realidad que otros disfrutan con alegría y espontaneidad. Otro medio: tener paciencia con uno mismo, y no querer solucionarlo todo de repente. Dejar pasar el tiempo. Una actitud buena será contentarse con poco, no ser muy exigente con los demás, saber valorar, saber agradecer, no dar cabida a sentimientos turbios y a sospechas.

Estos ejercicios y consideraciones pueden ayudar a reforzar las verdaderas relaciones interpersonales aumentando la confianza en los demás. Si esos recursos los aplicamos a la experiencia religiosa nos permitirían descubrir el infinito amor del Padre que desea que todos se salven y que los atrae a Cristo. Admiraríamos la fidelidad de Jesús a esa voluntad salvífica del Padre y su solidaridad con nosotros para llevarnos al Padre y manifestarnos todo su amor: Con vosotros no tengo secretos, y así mi alegría es completa, nos dice Jesús. A la vez, experimentaríamos la acción suave y fuerte a la vez del Espíritu que ilumina nuestra mente y mueve nuestros sentimientos para descubrir el amor del Padre y del Hijo hacia nosotros y hacernos partícipes de la vida divina en el seno de la Trinidad.

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Vivencias Pascuales 2010 (18)

abril 21, 2010

Todo lo que me da el Padre vendrá a mí y al que venga a mí no lo echaré fuera, dice el Señor

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MIÉRCOLES DE LA III SEMANA DE PASCUA

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Textos bíblicos litúrgicos.- Entrada: Sal 70, 8. 23; 1era. lectura: Hch 8, 1-8; Salmo: 65, 1-3a.4-5.6-7a.;

Aleluya: Jn 6, 40; Evangelio: Jn 6, 35-40.

Entrada: Sal 70, 8.23.- Mi boca está llena de tu alabanza y canta tu gloria el día entero. Y te celebrarán mis labios, mi alma que redimiste.

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TEXTO ILUMINADOR.- “La voluntad de mi Padre es que todo hombre que ve al Hijo y cree en él tenga la vida eterna: y yo lo resucitaré en el último día”.

El don de la fe Dios lo ofrece a todo hombre de buena voluntad. Pero todos y cada uno debemos disponernos para acogerlo, cada día. Pide al Señor que te conceda “ir” a Jesús, “venir” a él, “creer” en él. Confiesa a Jesús como a tu Señor y Salvador: ¿Adónde iríamos, Señor, fuera de ti? Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Amén.

La oración colecta expresa la espiritualidad de la jornada en forma de petición y agradecimiento. Reza varias veces al día, si puedes, la siguiente oración, agradeciendo y pidiendo la fe, como el don primordial.

ORACIÓN COLECTA.- Ven, Señor, en ayuda de tu familia, y a cuantos hemos recibido el don de la fe concédenos tener parte en la herencia eterna de tu Hijo resucitado. Él, que vive y reina contigo.

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PRIMERA LECTURA: Hch 8, 1b-8.

Aquel día se desencadenó una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron por él gran duelo. Mientras tanto, Saulo hacía destrozos en la Iglesia, entraba en las casas, llevaba a la fuerza hombres y mujeres y los metía en la cárcel.

Al mismo tiempo, los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la Palabra. Felipe por su cuenta fue a una ciudad de Samaria, donde empezó a predicar a Cristo. Toda la gente se interesó por la predicación de Felipe. Iban a oírlo y a ver los prodigios que realizaba: pues de muchos endemoniados salían los espíritus malos dando gritos, y numerosos paralíticos y cojos quedaron sanos, de tal modo que hubo una gran alegría en aquella ciudad.

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Comentario.- Esta tercera y violenta persecución desatada contra la Iglesia podría parecernos el principio del fin. Sin embargo, contribuyó al crecimiento de la Iglesia. Según los planes de Dios fue ocasión para que muchos escucharan la Palabra y creyeran en Cristo.

La historia de la Iglesia nos enseña que Dios escribe recto con líneas torcidas. Todo contribuye para bien. Debemos aprender a tener suma confianza en toda circunstancia, por adversa que se presente. El Evangelio nos exhorta: Buscad primero el Reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura.

En Pascua se hace más palpable la victoria de Cristo. No tengáis miedo, nos dice, yo he vencido al mundo. Y también: yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Lo que importa, pues, es que Cristo sea anunciado.

Salmo: 65, 1-3a.4-5.6-7a.

Aclamen al Señor en todo el mundo, canten salmos a su glorioso nombre, ríndanle honores con sus alabanzas. Digan: “Qué formidable eres, oh Dios” Todos los habitantes de la tierra se inclinan ante ti, y te cantan, y cantan a tu nombre. Vengan a ver las obras del Señor, que a los hombres espanta con lo que hace: Dejó seco el fondo del mar rojo, por el río pasaron caminando; por lo tanto, alegrémonos en él. Con su poder domina para siempre.

Aclamación: Jn 6, 40.

La voluntad de mi Padre es que todo hombre que ve al Hijo y cree en él tenga la vida eterna: y yo lo resucitaré en el último día”.

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EVANGELIO: Jn 6, 35-40.

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed. Sin embargo, como ya lo he dicho, ustedes se niegan a creer, aun después de haber visto.

Todo lo que el Padre me ha dado vendrá a mí, y yo no rechazaré al que venga a mí, porque yo he bajado del cielo, no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y la voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. La voluntad de mi Padre es que todo hombre que ve al Hijo y cree en él tenga la vida eterna: y yo lo resucitaré en el último día.

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Comentario.- En la primera parte del discurso de Cafarnaún, Jesús afirma que él es el Pan de vida para todos los hombres. De esta forma pide la fe de los discípulos en él, como Mesías e Hijo de Dios, enviado por el Padre. Inmediatamente después nos hablará del Pan eucarístico que él nos dará.

Primero, es preciso creer en Jesús, venir a él, aceptar su testimonio, admirar sus signos; y después comerlo como pan que alimenta y robustece. En la Eucaristía encontramos ambas mesas: la de la Palabra y la de la Eucaristía, tan estrechamente unidas entre sí que forman un único acto de culto, según el Concilio Vaticano II (SC 7).

Hermano, hermana, la Pascua es un tiempo ideal para profundizar en la comprensión de la celebración eucarística y para extraer de la Eucaristía las inmensas riquezas que contiene de cara a la propia edificación y a la de toda la comunidad.

Ojalá el Señor te conceda vivir mejor la Eucaristía en esta Pascua. Todo esfuerzo que hagas para conseguir ese objetivo estará bien empleado. Por si te sirve, te reseño un folleto del Autor publicado en Caracas por Hijas de San Pablo, año 2005: Para vivir la Eucaristía y participar en ella paso a paso. Guía práctica.

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Vivencias Pascales 2010 (17)

abril 20, 2010

Yo soy el Pan de Vida que ha bajado del Cielo

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MARTES DE LA III SEMANA DE PASCUA

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Textos bíblicos litúrgicos.- Entrada: Ap 19, 5; 12, 10; 1era. lectura: Hch 7, 51-59; Salmo: 30, 3cd-4.6ab.7b.8a.17 y 21ab; Aleluya: Jn 6,35 ab; Evangelio: Jn 6, 30-35; Comunión: Rm 6, 8.

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TEXTO ILUMINADOR.- Jesús contestó: En realidad, no fue Moisés quien les dio pan del cielo. Mi Padre es el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es éste que ha bajado del cielo y que da vida al mundo. Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed.

ORACIÓN COLECTA.- Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han renacido del agua y del Espíritu, acrecienta la gracia que has dado a tus hijos, para que, purificados ya de sus pecados, alcancen todas tus promesas. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA: Hch 7, 51-59.

En aquellos días, Esteban decía a la plebe, a los ancianos y a los letrados: Ustedes, duros de cabeza, endurecieron su corazón y cerraron sus oídos. Siempre se resisten al Espíritu Santo, igual que sus padres. ¿A qué profeta no persiguieron sus padres? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, al que ustedes ahora traicionaron y asesinaron. Ustedes que recibieron la Ley por medio de los ángeles y no la cumplieron.

Al oír este reproche se enfurecieron; rechinaban los dientes contra Esteban. Él, lleno del Espíritu Santo, fijó sus ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús a su derecha y declaró: “Veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre a la derecha de Dios”

Ellos gritando fuertemente, se taparon los oídos y todos juntos se lanzaron contra él; lo sacaron fuera de la ciudad para apedrearlo, y los testigos dejaron sus ropas a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras lo apedreaban, Esteban oraba así: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” Después se arrodilló y dijo en alta voz: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” Y diciendo esto expiró.


SALMO: 30, 3cd-4.6ab.7b.8a.17 y 21ab.

Sé para mí una roca de refugio, la muralla que me salve. Porque tú eres mi roca y mi fortaleza, estás a mi lado para llevarme y guiarme. Aborreces a los que adoran ídolos vanos; yo, en cambio, confío en el Señor. Yo gozaré y me alegraré de tu bondad y poder; porque has mirado mi miseria y conoces mis angustias. Tu siervo espera que le sonrías, sálvame por tu misericordia. Al abrigo de tu rostro los proteges, lejos de las intrigas de los hombres. Los guardas ocultos en tu carpa y no los alcanza el calumniador.

Aclamación: Jn 6,35 ab.

Jesús les dijo: “Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed”


EVANGELIO: Jn 6, 30-35

En aquel tiempo dijo a Jesús la gente: “¿Dónde está el signo milagroso para que al ver lo que haces te creamos? ¿Qué puedes hacer? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, según dice la Escritura: “se les dio de comer pan del cielo”

Jesús contestó: “En realidad, no fue Moisés quien les dio pan del cielo. Mi Padre es el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es éste que ha bajado del cielo y que da vida al mundo”

Ellos dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan” Jesús les dijo: “Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed”.


Del tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías.- La Eucaristía, arras de la Resurrección.

Si la carne no se salva, entonces el Señor no nos ha redimido con su sangre, ni el cáliz de la eucaristía es participación de su sangre, ni el pan que partimos es participación de su cuerpo. Porque la sangre procede de las venas y de la carne y de toda la sustancia humana, de aquella sustancia que asumió el Verbo de Dios en toda su realidad y por la que nos pudo redimir con su sangre, como dice el Apóstol: Por su sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Y, porque somos sus miembros y quiere que la creación nos alimente, nos brinda sus criaturas, haciendo salir el sol y dándonos la lluvia según le place; y también porque nos quiere miembros suyos, aseguró el Señor que el cáliz, que proviene de la creación material, es su sangre derramada, con la que enriquece nuestra sangre, y que el pan, que también proviene de esta creación, es su cuerpo, que enriquece nuestro cuerpo.

Cuando la copa de vino mezclado con agua y el pan preparado por el hombre reciben la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía de la sangre y del cuerpo de Cristo y con ella se sostiene y se vigoriza la sustancia de nuestra carne, ¿cómo pueden, pues, pretender los herejes que la carne es incapaz de recibir el don de Dios, que consiste en la vida eterna, si esta carne se nutre con la sangre y el cuerpo del Señor y llega a ser parte de este mismo cuerpo?

Por ello bien dice el Apóstol en su carta a los Efesios: Somos miembros de su cuerpo, hueso de sus huesos y carne de su carne. Y esto lo afirma no de un hombre invisible y mero espíritu -pues un espíritu no tiene carne y huesos-, sino de un organismo auténticamente humano, hecho de carne, nervios y huesos; pues es este organismo el que se nutre con la copa, que es la sangre de Cristo, y se fortalece con el pan, que es su cuerpo.

Del mismo modo que el esqueje de la vid, depositado en tierra, fructifica a su tiempo, y el grano de trigo, que cae en tierra y muere, se multiplica pujante por la eficacia del Espíritu de Dios que sostiene todas las cosas, y así estas criaturas trabajadas con destreza se ponen al servicio del hombre, y después, cuando sobre ellas se pronuncia la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía, es decir, en el cuerpo y la sangre de Cristo; de la misma forma nuestros cuerpos, nutridos con esta eucaristía y depositados en tierra, y desintegrados en ella, resucitarán a su tiempo, cuando la Palabra de Dios les otorgue de nuevo la vida para la gloria de Dios Padre.

Él es, pues, quien envuelve a los mortales con su inmortalidad y otorga gratuitamente la incorrupción a lo corruptible, porque la fuerza de Dios se realiza en la debilidad (Libro 5, 2, 2-3: SCh 153, 30-38).

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Vivencias Pascuales 2010 (16)

abril 19, 2010

Esto es lo que el Padre espera de vosotros: que creáis al que él ha enviado

Esto es lo que el Padre espera de vosotros: que creáis al que él ha enviado

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LUNES DE LA III SEMANA DE PASCUA

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Textos bíblicos litúrgicos.- Entrada; 1era.lectura: Hch 6, 8-15; Salmo: 118, 23-24. 26-27. 29-30; Aleluya: Mt 4, 4b.; Evangelio: Jn 6, 22-29; Comunión: Jn 14, 27.

Entrada: Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y que se dignó morir por su grey. Aleluya.

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TEXTO ILUMINADOR.- Ellos le preguntaron: “¿Qué tenemos que hacer, y cuáles son las obras que Dios nos encomienda?” Jesús respondió: “La obra que Dios les pide es creer al Enviado de Dios”.

Para llegar a la fe hay que ir más allá de las acciones que se ven, del alimento que se saborea, de las palabras que escuchamos. Todo el evangelio hay que verlo como un “signo” de Dios. Todo cuanto sucede y observamos en nuestro alrededor hay que sentirlo y descubrirlo como “señal” de Dios. Algunos que comieron el pan multiplicado por Jesús no “vieron” la señal de Dios, el signo de Dios.

Por tanto, hay que despertar en nosotros la capacidad de admiración para descubrir, para “ver”  los gestos amorosos de Dios en todo cuando vivimos: oímos, vemos y hacemos.

Hermano, hermana: todo, absolutamente todo debería ser un mensaje de Dios para ti. A ver si hoy consigues que todo te hable de Dios. Nada es casualidad. No hay fatalismo. Todo tiene en Dios su explicación para cuantos ama el Señor y para cuantos se dejan enseñar por Dios.

Que hoy, hermano, todo redunde en bendición para ti. Dios es capaz de hacértelo sentir. Es la prueba de la resurrección del Señor en ti. Que el Señor te bendiga durante todo este día y por todo cuando suceda en este día. Amén.

ORACIÓN COLECTA.- Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados, para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre, y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo.

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PRIMERA LECTURA: Hch 6, 8-15.

En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y fortaleza, realizaba grandes prodigios y señales milagrosas en el pueblo. Algunos que pertenecían a la sinagoga llamada de los Libertos, cirenenses y alejandrinos, y otros de Cilicia y Asia acudieron para rebatir a Esteban, pero no pudieron hacer frente a la sabiduría y al Espíritu que hablaba por él. Entonces sobornaron a unos hombres que dijeran: “Nosotros lo hemos oído hablar contra Moisés y contra Dios”.

Así excitaron al pueblo, a los Ancianos y a los maestros de la Ley; vinieron de repente, lo arrestaron y lo llevaron al Sanedrín. Allí presentaron testigos falsos que declararon: “Este hombre siempre habla en contra de nuestro Lugar Santo y contra la Ley. Le oímos decir que Jesús Nazareno destruirá este Lugar y cambiará las costumbres que nos dejó Moisés”. Todos los que estaban sentados en el Sanedrín, cuando miraron a Esteba, vieron su rostro como el de un ángel.

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Salmo: 118, 23-24. 26-27. 29-30.- Dichoso el que camino con vida intachable.

Aunque los poderosos se reúnan en contra mía, tu servidor sigue meditando tus leyes. Tus prescripciones son mis delicias, y tus mandamientos mis consejeros. Te manifesté mis propósitos y me oíste: muéstrame tus deseos. Instrúyeme sobre tus mandamientos, y yo meditaré tus maravillas. Apártame del camino extraviado y concédeme la gracia de seguir tu ley. Yo he elegido el camino verdadero, y tengo tu Ley presente ante mis ojos.

Aclamación: Mt 4, 4b.

Pero Jesús respondió: “Dice la Escritura que el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

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EVANGELIO: Jn 6, 22-29.

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago, notó que allí no había habido más que una lancha y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.

Entretanto, unas lanchas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan, sobre el que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago le preguntaron: Maestro, ¿cuándo has venido aquí?

Jesús les contestó: Os lo aseguro: me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.

Ellos le preguntaron: “¿Qué tenemos que hacer, y cuáles son las obras que Dios nos encomienda?” Jesús respondió: “La obra que Dios les pide es creer al Enviado de Dios”.

Comunión: Jn 14,27

Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes ni angustia ni miedo.

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Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan.- Cristo es el vínculo del universo.

Todos los que participamos de la sangre sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con él, como atestigua San Pablo, cuando dice, refiriéndose al misterio del amor misericordioso del Señor: no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas, que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo.

Si, pues, todos nosotros formamos un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo unos con otros, sino también en relación con aquel que se halla en nosotros gracias a su carne, ¿cómo nos mostramos abiertamente todos nosotros esa unidad entre nosotros y en Cristo? Pues Cristo, que es Dios y hombre a la vez, es el vínculo de la unidad.

Y, si seguimos por el camino de la unión espiritual habremos de decir que todos nosotros, una vez recibido el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo nos fundimos entre nosotros y con Dios. Pues aunque seamos muchos por separado, y Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, ese Espíritu único e indivisible, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí en cuanto subsisten en su respectiva singularidad, y hace que todos aparezcan como una sola cosa en sí mismo.

Y así como la virtud de la santa humanidad de Cristo hace que formen un mismo cuerpo todos aquellos en quienes ella se encuentra, pienso que de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los reduce a todos a la unidad espiritual. Por esto nos exhorta también San Pablo: sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

Pues siendo uno solo el Espíritu que habita en nosotros, Dios será en nosotros el único Padre de todos por medio de su Hijo, con lo que reducirá a una unidad mutua y consigo a cuantos participan del Espíritu. Ya desde ahora se manifiesta de alguna manera el hecho de que estemos unidos por participación del Espíritu Santo. Pues si abandonamos la vida puramente natural y nos atenemos a las leyes espirituales, ¿no es evidente que hemos abandonado en cierta manera nuestra vida anterior, que hemos adquirido una configuración especial y en cierto modo nos hemos transformado en otra naturaleza mediante la unión del Espíritu Santo con nosotros, y que ya no nos tenemos simplemente por hombres, sino como hijos de Dios y hombres celestiales, puesto que hemos llegado a ser participantes de la naturaleza divina?

De manera que todos nosotros ya no somos más que una sola cosa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: una sola cosa por identidad de condición, por la asimilación que obra en el amor, por comunión de la santa humanidad de Cristo y por participación del único y Santo Espíritu (Libro 11, cap. 11: PG 74, 559 – 562).

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Vivencias Pascuales 2010 (15)

abril 18, 2010

"Vamos, comed" Y se acerca, toma el pan y se lo da. Aleluya.

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DOMINGO DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA CICLO C

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Textos bíblicos litúrgicos.- Entrada: Salmo 65, 1-2; 1era. Lectura: a.C. 5, 27b-32.40b-41; Salmo: 29, 2. 4.5.6.11.12a y 13b; 2da. Lectura: AP 5, 11-14; Aleluya: LC 24, 26; Evangelio: NJ 21, 1-19; Comunión: NJ 21, 12-13.

ORACIÓN COLECTA.- Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor.

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PRIMER LECTURA: a.C. 5, 27b-32.40b-41

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: «Les habíamos advertido y prohibido enseñar en nombre de ése. Pero ahora en Jerusalén no se oye más que la predicación de ustedes, y quieren echarnos la culpa por la muerte de ese hombre».

Pedro y los apóstoles respondieron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes dieron muerte colgándolo de un madero. Dios lo exaltó y lo puso a su derecha como Jefe y Salvador, para dar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de esto, y lo es también el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen».

Los hicieron azotar y les ordenaron severamente que no volviesen a hablar de Jesús Salvador. Después los dejaron ir. Los apóstoles salieron del Consejo muy contentos por haber sido considerados dignos de sufrir por el Nombre de Jesús.

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SALMO: 29, 2. 4.5.6.11.12a y 13b.- Te ensalzaré, Señor, porque me has librado (O Aleluya)

Te alabaré, Señor, porque me has levantado y muy poco se han reído mis contrarios. Señor, me has sacado de la tumba, me iba a la fosa y me has vuelto a la vida. Que sus fieles canten al Señor, y den gracias a su Nombre santo. Porque su enojo dura unos momentos, y su bondad toda una vida. Al caer la tarde nos visita el llanto, pero a la mañana es un grito de alegría. ¡Escúchame, Señor, y ten piedad de mí; sé, Señor, mi socorro! Tú has cambiado mi duelo en una danza, me quitaste el luto y me ceñiste de alegría. ¡Señor, mi Dios, por siempre te alabaré!

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SEGUNDA LECTURA: Ap 5, 11-14.

Yo, Juan, seguía mirando, y oí el clamor de una multitud de ángeles que estaban alrededor del trono, de los seres vivientes y de los ancianos; eran cientos y cientos, miles y miles, que gritaban a toda voz: Digno es el Cordero degollado de recibir poder y riqueza, sabiduría y fuerza, honor, gloria y alabanza. Y les respondían todas las criaturas del cielo, de la tierra, del mar y del mundo de abajo. Oí que decían: Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Y los cuatro Seres Vivientes decían el Amén, mientras los Ancianos se postraban y adoraban.

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EVANGELIO: Jn 21, 1-19

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos en la orilla del lago de Tiberíades. Y se hizo presente de esta manera: Estaban reunidos Simón Pedro, Tomás el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los hijos del Zebedeo y otros dos discípulos.

Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar» Contestaron: «Vamos también nosotros contigo» Salieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba parado en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo que comer?» Le contestaron: «Nada».

Entonces Jesús les dijo: «Echen la red a la derecha y encontrarán pesca» Echaron la red, y no tenían fuerzas para recogerla por la gran cantidad de peces. El discípulo de Jesús al que Jesús amaba dijo a Simón Pedro: «Es el Señor» Apenas Pedro oyó decir que era el Señor, se puso la ropa, pues estaba sin nada, y se echó al agua. Los otros discípulos llegaron con la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, arrastrando la red llena de peces.

Al bajar a tierra encontraron fuego encendido, pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar» Simón Pedro subió a la barca y sacó la red llena con ciento cincuenta y tres pescados grandes. Y no se rompió la red a pesar de que hubiera tantos. Entonces Jesús les dijo: «Vengan a desayunar» Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle quién era, pues sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió. Lo mismo hizo con los pescados.

Ésta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos» Le preguntó por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Pedro volvió a contestar: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» Jesús le dijo: «Cuida de mis ovejas»

Insistió Jesús por tercera vez: «Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?» Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero» Entonces Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas» En verdad, cuando eras joven, tú mismo te ponías el cinturón e ibas a donde querías. Pero cuando llegues a viejo, abrirás los brazos y otro te amarrará la cintura y te llevará a donde no quieras»

Jesús lo dijo para que Pedro comprendiera en qué forma iba a morir y dar gloria a Dios. Y añadió: «Sígueme».

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De la Primera Apología de san Justino, mártir, en defensa de los cristianos.- Descripción de cómo celebraban las primeras comunidades la Eucaristía en el Día del Señor.

A nadie es lícito participar de la Eucaristía si no cree que son verdad las cosas que enseñamos, y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó.

Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria sino que, así como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios y tuvo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias que contiene las palabras de Jesús, y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarno.

Los apóstoles, en efecto, en sus tratados, llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias, dijo: Haced esto en conmemoración mía. Esto es mi cuerpo; y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias, y dijo: Esta es mi sangre, dándoselo a ellos solos.

Desde entonces seguimos recordándonos siempre unos a otros estas cosas; y los que tenemos bienes acudimos en ayuda de los que no los tienen, y permanecemos unidos. Y siempre que presentamos nuestras ofrendas alabamos al Creador de todo por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo.

El día llamado del sol se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que habitan en la ciudad que los que viven en el campo, y, según conviene, se leen los tratados de los apóstoles y los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita. Luego, cuando el lector termina, el que preside se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables.

Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside pronuncia con todas sus fuerzas preces y acciones de gracias, y el pueblo responde «Amén»; tras de lo cual se distribuyen los dones sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes.

Los que poseen bienes de fortuna y quieren, cada uno da, a su arbitrio, lo que bien le parece, y lo que se recoge se deposita ante el que preside, que es quien se ocupa de repartirlo entre los huérfanos y las viudas, los que por enfermedad u otra causa cualquiera pasan necesidad, así como a los presos y a los que se hallan de paso como huéspedes; en una palabra, él es quien se encarga de todos los necesitados.

Y nos reunimos todos el día del sol, primero porque en este día, que es el primero de la creación, fue cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia; y también porque es el día en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos. Le crucificaron, en efecto, la víspera del día de Saturno, y al día siguiente del de Saturno, o sea el día del sol, se dejó ver de sus apóstoles y discípulos y les enseñó todo lo que hemos expuesto a vuestra consideración (Cap. 66-67: PG 6, 427-431).

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Vivencias Pascuales 2010 (14)

abril 17, 2010

Soy yo, no temáis

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SÁBADO DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

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Textos bíblicos litúrgicos.- Entrada: 1Pe 2, 9; 1era lectura: Hch 6, 1-7; Salmo: 32, 1-2. 4-5. 18-19; Evangelio: Jn 6, 16-21; Comunión: Jn 17, 24.

TEMA: La presencia de Jesús trae necesariamente paz a la persona y a la comunidad.

Entrada: 1Pe 2,9.- Ustedes, al contrario, son una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios eligió para que fuera suyo y proclamará sus maravillas. Ustedes estaban en las tinieblas y los llamó Dios a su luz admirable.

ORACIÓN COLECTA: Señor, tú te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA: Hch 6, 1-7.- “Eligieron siete hombres llenos del Espíritu Santo”

En aquellos días, habiendo aumentado el número de los discípulos, los helenistas se quejaron contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en el servicio diario. Los Doce reunieron la multitud de los discípulos y les dijeron: «No es conveniente que descuidemos la palabra de Dios por el servicio de las mesas. Por eso busquen de entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, para confiarles este oficio. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra».

Toda la asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía; se los presentaron a los apóstoles, quienes después de orar les impusieron las manos.

La Palabra de Dios se difundía y el número de los discípulos en Jerusalén aumentaba considerablemente. Incluso un gran número de sacerdotes aceptaron la fe.

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SALMO: 32, 1-2. 4-5. 18-19.- “Aclamen, justos, al Señor.”

Alégrense, justos, en el Señor, que la alabanza es propia de los buenos. Den gracias al Señor con el arpa, toquen para él la lira de diez cuerdas. Pues la palabra del Señor es sincera, todas sus acciones son leales.

Él ama la justicia y el derecho, el amor del Señor llena la tierra. El Señor se fija en quienes lo respetan, en los que esperan en su misericordia, para librarlos de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

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EVANGELIO: Juan 6, 16-21.- “Vieron a Jesús caminando sobre las aguas”

Al atardecer, los discípulos de Jesús bajaron a la playa y subieron a una barca dirigiéndose a Carfanaún, al otro lado del lago. Habían visto caer la noche sin que Jesús se hubiera reunido con ellos, y empezaron a formarse grandes olas debido al fuerte viento que soplaba. Habían remado como cinco kilómetros, cuando vieron a Jesús que caminaba sobre las aguas y se acercaba a la barca, y se llenaron de espanto. Pero él les dijo: «Soy yo, no tengan miedo».

Quisieron subirlo a la barca, pero enseguida la barca se encontró en la orilla adonde se dirigían.

Comunión Jn 17, 24.- Te ruego por todos aquellos que me has dado: yo quiero que allí donde estoy yo, estén también conmigo y contemplen mi gloria, la que tú me diste porque me amaste antes que comenzara el mundo. Aleluya.

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DE LAS CATEQUESIS DE JERUSALÉN.- El pan celestial y la bebida de salvación

Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad y comed; esto es mi cuerpo”. Y, después de tomar el cáliz y pronunciar la acción de gracias, dijo: “Tomad y bebed, ésta es mi sangre”. Si fue él mismo quien dijo sobre el pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá en adelante a dudar? Y si él fue quien aseguró y dijo: Ésta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?

Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo, y bajo la figura del vino, la sangre; para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser un solo cuerpo y una sola sangre con él. Así, al pasar su cuerpo y su sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de la naturaleza divina.

En otro tiempo, Cristo, disputando con los judíos, dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. Pero como no lograron entender el sentido espiritual de lo que estaban oyendo, se hicieron atrás escandalizados, pensando que se les estaba invitando a comer carne humana. En la antigua alianza existían también los panes de la proposición: pero se acabaron precisamente por pertenecer a la antigua alianza.

En cambio, en la nueva alianza, tenemos un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican alma y cuerpo. Porque del mismo modo que el pan es conveniente para la vida del cuerpo, así el Verbo lo es para la vida del alma. No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y comunes: son nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo, de acuerdo con la afirmación categórica del Señor; y aunque los sentidos te sugieran lo contrario, la fe te certifica y asegura la verdadera realidad.

La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aun cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo; por eso, ya en la antigüedad, decía David en los salmos: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro; fortalece, pues, tu corazón comiendo ese pan espiritual, y da brillo al rostro de tu alma.

Y que con el rostro descubierto y con el alma limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dado el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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