Vivencias Pascuales 2010 (10)

abril 13, 2010

Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA


Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Ap 19, 7. 6; 1era lectura: Hch: 4, 32-37; Salmo: 92, 1.2.5; Aleluya: Jn 3, 15; Evangelio: Jn 3, 11-15; Comunión: Lc 24, 46.26.

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TEMA: Cuando Cristo se entrega a sí mismo hasta la muerte y muerte de cruz es “elevado” y se le concede todo poder; es constituido Señor y Salvador. A su vez, cuando el creyente nace de “lo alto” recibe el Espíritu del Resucitado que le capacita para crear la nueva comunidad con sus hermanos y para anunciar la victoria de Cristo con valentía.

ORACIÓN COLECTA: Te pedimos, Señor, que nos hagas capaces de anunciar la victoria de Cristo resucitado, y pues en ella nos has dado la prenda de los dones futuros, haz que un día los poseamos en plenitud. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Hch: 4,32-37.- Los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo.

La asamblea de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que todo lo tenían en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho poder; y Dios les daba su gracia abundantemente. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que tenían campos o casas los vendían y entregaban el dinero a los apóstoles, quienes repartían a cada uno según sus necesidades.

Así, lo hizo José, llamado por los apóstoles Bernabé (que quiere decir “nuestro permanente consuelo), levita, nacido en Chipre, quien vendió el campo que tenía y entregó el dinero a los apóstoles.

SALMO: 92, 1ab. 1c. 2-5.- El Señor reina vestido de grandeza.

¡Reina el Señor! Se viste de grandeza; el Señor, de poder va revestido, y del mismo se ha hecho un cinturón. Desde el principio fijaste ya tu trono; tú existes desde siempre.

Desatan los ríos, Señor, desatan sus clamores, desatan sus fragores, pero más que las aguas tumultuosas, más grande que las olas de los mares, es grandioso el Señor en las alturas.

Tus mandatos, Señor, son inmutables; la Santidad es propia de tu casa, oh Señor, por los siglos de los siglos.

EVANGELIO: Jn 3, 11-15.- Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre.

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: Te lo aseguro: de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.


Del tratado de san Fulgencio de Ruspe, obispo, sobre la regla de la verdadera fe a Pedro.- Él mismo se ofreció a nosotros.

En los sacrificios de víctimas carnales que la Santa Trinidad, que es el mismo Dios del Antiguo y Nuevo Testamento, había exigido que le fueran ofrecidos por nuestros padres, se significaba ya el don gratísimo de aquel sacrificio con el que el Hijo único de Dios, hecho hombre, había de inmolarse a sí mismo misericordiosamente por nosotros.

Pues, según la doctrina apostólica, se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor. Él, como Dios verdadero y verdadero sumo sacerdote que era, penetró por nosotros una sola vez en el santuario, no con la sangre de los becerros y los machos cabríos, sino con la suya propia. Esto era precisamente lo que significaba aquel sumo sacerdote que entraba cada año con la sangre en el santuario.

Él es quien, en sí mismo, poseía todo lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención, es decir, él mismo fue el sacerdote y el sacrificio, él mismo fue Dios y templo: el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos, el sacrificio que nos reconcilia, el templo en el que nos reconciliamos, el Dios con quien nos hemos reconciliado. Como sacerdote, sacrificio y templo, actuó solo, porque aunque era Dios quien realizaba estas cosas, no obstante las realizaba en su forma de siervo; en cambio, en lo que realizó como Dios, en la forma de Dios, lo realizó conjuntamente con el Padre y el Espíritu Santo.

Ten, pues, por absolutamente seguro, y no dudes en modo alguno, que el mismo Dios unigénito, Verbo hecho carne, se ofreció a Dios como oblación y víctima de suave olor, el mismo en cuyo honor, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes ofrecían, en tiempos del Antiguo Testamento, sacrificios de animales; y a quien ahora, o sea, en el tiempo del Testamento Nuevo, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, con quienes comparte la misma y única divinidad, la santa Iglesia Católica no deja de ofrecer, por todo el universo de la tierra, el sacrificio del pan y el vino, con fe y caridad.

Así, pues, en aquellas víctimas carnales se significaba la carne y la sangre de Cristo; la carne que él mismo, sin pecado como se hallaba, había de ofrecer por nuestros pecados, y la sangre que había de derramar en remisión también de nuestros pecados; en cambio, en este sacrificio se trata de la acción de gracias y del memorial de la carne de Cristo, que él ofreció por nosotros, y de la sangre, que, siendo como era Dios, derramó por nosotros. Sobre esto afirma el bienaventurado Pablo en los Hechos de los Apóstoles: Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre.

Por tanto, aquellos sacrificios eran figura y signo de lo que se nos daría en el futuro; en este sacrificio, en cambio, se nos muestra de modo evidente lo que ya nos ha sido dado. En aquellos sacrificios se anunciaba de antemano al Hijo de Dios, que había de morir a manos de los impíos en este sacrificio, en cambio, se le anuncia ya muerto por ellos, como atestigua el Apóstol al decir: Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; y añade: Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.


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