Vivencias Cuaresmales 2010 (38)

 

 

37.- JUEVES

QUINTA SEMANA DE CUARESMA

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. María concibió por obra y gracia del Espíritu Santo

 

 

 

NOTA.- Hoy, 25 de marzo, celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor. Es la fiesta de la Encarnación del Señor. La Virgen María, dócil a los planes de Dios sobre la humanidad, es modelo para todos cuantos tratamos de vivir la experiencia cuaresmal.

En efecto, ella permitió a Dios realizar la obra maravillosa de la salvación a favor de toda la humanidad. Y María fue la primera beneficiada, la primera redimida. Nosotros, durante la Cuaresma, queremos vivir con mayor plenitud esa misma salvación que María experimentó en toda su persona, en cuerpo y alma, como nadie. Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

Les recuerdo que en este mismo blog, en la página “Oración y Sanación”, encontrarán un comentario breve a la Oración del Ángelus y del Avemaría. Está a su disposición. Creo que merece la pena profundizar en esas oraciones que recogen los misterios centrales de la salvación y que alimentan el espíritu y la devoción a la Virgen María, nuestra madre en la fe.

Esta fiesta la vivimos en España como la Jornada por la Vida. En la Catedral de Madrid, dentro de la Eucaristía, se realizará la bendición de las madres embarazadas. En la página de las Madres Mónicas de este blog ofrecemos hoy la oración de las madres gestantes y de los padres que esperan un hijo.

Desde aquí, felicitamos a los padres que engendran hijos y los traen al mundo para hacerlos hijos de Dios, dándoles así la plenitud de la vida humana. Que sus hijos sean su honra y su gloria ante Dios y ante los hombres.

Ahora seguimos la secuencia del itinerario cuaresmal de la mano de la liturgia.

 

Textos bíblico-litúrgicos

Entrada: Hebreos 9, 15

1era. lectura: Génesis 17, 3-9

Salmo: 104, 4-5-6-7-8-9

Evangelio: Juan 8, 51-59

Comunión: Romanos 8, 32

TEMA: Alianza con Abrahán y cumplimiento en Cristo.

Dos experiencias: La adoración de un Dios que toma la iniciativa y que promete y se compromete él solito, de manera unilateral; eso es lo decisivo. Y en segundo lugar, la respuesta dada por el mismo Dios en Jesucristo: Cristo realiza esa respuesta plenamente, como hombre y como Dios.

Como hombre, en nombre de todos los seres humanos; y la renueva sacramentalmente en la Eucaristía, para nosotros, para que crezcamos a su estatura: cada año, año litúrgico; cada semana, misa dominical; cada día, misa diaria y liturgia de las horas. En la Misa se realiza mistéricamente la salvación por la fe, después se realizará en la vida, como una prolongación.

Abrahán cae de bruces ante Dios, se prosterna ante él. He ahí la verdadera actitud del hombre ante su Dios, la de siempre, la justa. Por más confianza que nos inspire, por más íntimos que nos considere o nos consideremos, siempre Dios es un Misterio, el Otro, es el único Santo, el Infinito. Todo respeto y adoración son poco. Él es digno de toda alabanza, de toda bendición. El hombre es indigno de hacer de Dios mención. “Nunca es digno el hombre de hacer de ti mención”, confesará san Francisco.

Cuando el hombre adora así a su Dios, se hace digno de escuchar su Palabra. Sólo entonces Dios habla para salvación y no para condenación y esa Palabra es decisiva, normativa, absoluta, porque expresa una voluntad infinita y estable o una decisión del mismo Dios que se define como fiel a su Palabra y que por tanto realiza lo que la palabra significa. Es el Dios que da vida.

Esta lectura de Génesis 17, 3-9 expresa el designio salvífico de Dios: “Abrán cayó de bruces y Dios le dijo: -Mira, éste es mi pacto contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre. Cumpliré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como pacto perpetuo. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Dios añadió a Abrahán: -Guardad mi alianza, tú y tus descendientes, por siempre”.

Se trata del único designio divino que tendrá muchas manifestaciones, pero el mismo en esencia, porque es el amor de Dios al hombre, a la humanidad de generación en generación. Es bueno adorar y bendecir a Dios por este designio salvífico manifestado a Abrahán aquí, y que culminará Cristo mismo. Él en persona encarna ese designio. Alegrémonos por esa unidad, armonía y coherencia de Dios en todas sus palabras y acciones, en sus obras. Porque es eterna su fidelidad, su misericordia.

Por tanto, Dios no sólo habla de manera pasajera sino que establece una alianza con el hombre para siempre, inamovible. Ese compromiso de Dios afecta al hombre en todo su ser. Por eso Dios mismo cambia el nombre a Abrán. “Te llamarás Abrahán -que significa ‘muchedumbre’- porque te haré padre de un gran pueblo”. Entre los hebreos el nombre de una persona expresa el ser y la misión de la misma, según la mente de Dios. No es algo anecdótico o postizo, como entre nosotros. Y menos puede haber contradicción entre lo que uno es y lo que hace.

Esta correspondencia constituye la coherencia radical del creyente. Se trata del orden establecido por Dios, cuyo resultado es la paz, en todas sus modalidades. Según la Biblia, el hombre es, antes que “naturaleza” fija y terminada, vocación, esencialmente. Es decir, Dios “llama” al hombre a una vida de relación con él, y llamándolo, lo crea; y llamándolo a cada momento y en cada circunstancia lo recrea y lo hace vivir permanentemente en su presencia.

Dios capacita al hombre para esa relación o religación, y, consiguientemente, le da una naturaleza de ser inteligente, libre y racional: capaz de “responder o corresponder” a Dios, que es comunión. Por tanto el hombre es vocación, su esencia consiste en ser amado por Dios hasta convertirlo en su interlocutor y confidente. Y esa vocación justifica su racionalidad e intencionalidad. La vocación determina su esencia y condición racional y su libertad. Ahí radica la mayor riqueza del hombre, toda su dignidad.

Esa vocación es fundamentalmente llamada a la santidad. Sed santos como santo es vuestro Padre que está en los cielos. Por tanto, si el hombre no alcanza esa relación con Dios, se convierte en un ser profundamente irrealizado, fracasado. Un ser descentrado, no logrado. Este fracaso es ontológico antes que nada y por encima de todo, no sólo moral y psicológico. Estos dos últimos aspectos son secundarios y consecuencia del primero.

De ahí que, cuando el hombre se aparta de este propósito de Dios, entra con facilidad en el camino de la incoherencia, de la tensión entre lo que las circunstancias de la vida le exigen y el capricho personal de vivir a su antojo. Así descubrimos frecuentemente en muchos hombres de hoy que consideran el trabajo como una esclavitud, las tareas propias del hogar como una carga pesada. Muchos esperan ansiosamente que llegue la hora de salir del trabajo, para hacer su voluntad, para ser libre, para hacer lo que realmente les interesa y donde creen que se realizan.

En fin, concluimos que, sin Dios, sin el sometimiento a sus planes, todo se desordena y el hombre pierde el norte de su vida y se enreda en la maraña de sus pasiones, es presa fácil del propio egoísmo y de la avidez de los ojos y de la soberbia de la vida, de la seducción del poder y de la pasión insaciable del placer.

Por tu parte, hermano, trata de vivir hoy esa alianza con Dios participando en la Santa Misa, precisamente hoy día, jueves eucarístico. El próximo jueves será Jueves Santo. El Padre tomó la iniciativa y comprometió enviando a su Hijo al mundo para cumplir su parte hasta el fin, y a la vez haciendo que un hombre como nosotros, Jesús de Nazaret, fuera obediente hasta la muerte y muerte de cruz. En Cristo, pues, toda la humanidad ya ha respondido de manera perfecta a la alianza con Dios.

En la Misa se actualiza esa alianza perfectamente cumplida por ambos lados en Cristo mismo, en su persona. Tú, hermano, procura aportar tu participación en el pan y en el vino y trata de experimentar cómo hay algo tuyo en el Pan y en el Vino, antes y después de la Consagración, antes y después de la Comunión. Entra en el misterio de la Eucaristía: atiende a cada palabra y a cada signo que realiza el sacerdote sobre todo a partir de la presentación de los dones y de manera especial a partir del prefacio: “En verdad es justo y necesario”. Que cada Eucaristía te cambie, te ayude a sentir, expresar y realizar mejor tu identidad cristiana: en el templo y en el mundo.

Agradece a Cristo su confesión acerca de su relación con el Padre: Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, a quien conozco y cuya palabra guardo.

San Agustín explica el amén de la Comunión: “Si sois de Cristo y sus miembros, es el sacramento de lo que sois lo que recibís. Es a lo que sois a lo que respondéis amén. Esa respuesta es vuestra firma. Oyes efectivamente: Cuerpo de Cristo. Y tú debes responder: amén”. Sé miembro del Cuerpo de Cristo para que tu amén sea verdadero.

 

 

 

 

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