Vivencias Cuaresmales 2010 (25)

marzo 12, 2010

 

24. VIERNES

TERCERA SEMANA DE CUARESMA

¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo!

 

 

 

Textos bíblico-teológicos

Entrada: Salmo 85,8.10.

1era. lectura: Oseas 14,2-10

Salmo: 80, 6-8-9-10-11. 14 y 17

Aclamación: Mateo 14, 17

Evangelio: Marcos 12, 28-34

Comunión: Marcos 12, 33

 

TEMA.- Ayer el Espíritu recriminaba a los incrédulos con claridad y firmeza; hoy, los amonesta con suavidad y ternura. Una prueba más de que Dios busca por todos los medios nuestra salvación, jamás nuestra ruina.

La antífona de la entrada de la misa de hoy es una confesión del poder salvador de Dios frente a toda miseria del hombre en su relación con Dios. Salmo 85, 8-10.- No tienes igual entre los dioses, Señor: “Grande eres tú y haces maravillas, tú eres el único Dios”. Para ti no hay imposibles.

El creyente, de entrada, hace como un esfuerzo por comenzar de nuevo, por penetrar en el santuario, por desperezarse de la rutina y de la incredulidad y elevarse hacia el mundo divino al encuentro del Dios del perdón, de la gratuidad; en fin, para contemplar la magnificencia de la casa del Padre.

¡Qué deseables son tus moradas! ¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor!

Siéntete, hermano, como un mendigo que tiende la mano a Dios, al hermano mayor, Cristo Jesús, para que te introduzca en la casa del Padre. Él es nuestro mediador y está entre nosotros como el que sirve. Él nos da confianza para llamar a Dios Padre. Él ha sido constituido “administrador fiel” de todos los bienes preciosos del Padre Bueno y generoso.

Este Administrador goza con ir sacando lo que conviene a cada uno y a su tiempo: de modo que a nadie le sobre ni a nadie le falte. Más todavía: Él es el modelo de todos los agraciados por el Padre, su comportamiento es normativo para cuantos quieran agradar al Padre, ya que él no se tomó nada por su cuenta, sólo tomó lo que el Padre le dio como heredad. Por eso al Padre le complació sumamente poner todas las cosas en sus manos con infinita confianza y predilección. Para que el Hijo reciba gloria. Y a su vez, el Hijo administra, no tanto según su criterio, sino para que el Padre reciba gloria. Ambos andan a porfía en esa mutua glorificación en el Espíritu Santo, desde el principio, y por siempre.

Y todo ello para bien del hombre. Pero, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿Cómo podré retribuir al Señor todo el bien que me ha hecho? Elevaré la copa de la salvación, cantaré eternamente las alabanzas del Señor. ¡Dios mío, qué grande eres! Tu poder me sobrepasa.

Adora, hermano, en este día el misterio de la augusta Trinidad. Vete entrenándote para contemplar ese Misterio, ya que es a la vez inmanente y salvífico. Es decir, eternamente existente y completo en sí, y a la vez proyectado hacia el tiempo y el espacio por la libérrima disposición de nuestro Dios, trino y uno a la vez. Pues no hay más que un único Misterio trinitario: a la vez inmanente, divino y subsistente, y a la vez salvífico y proyectado a los hombres y por éstos al mundo.

El mismo Dios, el de la teología y el de la experiencia religiosa; el de la eternidad y el de la historia de salvación, la de Israel, la de la Iglesia y la tuya personal. Cuando Dios te llame a su presencia, te encontrarás con el Misterio divino que ya aquí has visto y contemplado como en un espejo; pero será el mismo. Por eso, debes entrenarte en esta tierra a conocer y adorar al mismo Dios, a quien eternamente servirás y alabarás como tu contento y felicidad para siempre. No habrá nada más.

La lectura de Oseas 14, 2-10 recoge la decisión del creyente de renunciar a sus seguridades y dejarse guiar sólo por Dios, para adherirse sólo a él, como la hiedra a la pared. Atendamos a esta Palabra sanadora:

Ante la súplica de Israel: “Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios. No nos salvará Asiria, no montaremos a caballo, no volveremos a llamar dios a la obra de nuestras manos. En ti encuentra piedad el huérfano”. Ante esta súplica, repito, el Señor responde reafirmando su fidelidad y su promesa de salvación:

“Yo sanaré su infidelidad, los amaré de buen grado, pues mi cólera se habrá apartado de ellos. Seré como rocío para Israel, y entonces florecerá como un lirio; echará raíces como el cedro, sus retoños brotarán, tendrá la magnificencia del olivo y el perfume del Líbano”.

Este sometimiento al Señor, esta contrición de corazón, no es algo improcedente ni humillante para el hombre sino su mayor grandeza: arrodillarse ante su Señor para confesar sus pecados y alabar la santidad de Dios: eso es lo más grande que el hombre puede hacer en este mundo. “¿Quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda? Rectos son los caminos del Señor, los justos andan por ellos, mientras que los pecadores tropiezan con ellos”.

El salmista mezcla su deseo de servir a Dios y la benevolente condescendencia de Dios que le recuerda las obras antiguas, que le estimula para que se le confíe más plenamente. “Yo soy el Señor, Dios tuyo, escucha mi voz. Escucha, pueblo mío. Retiré la carga de sus hombros y sus manos dejaron la espuerta. Clamaste en la aflicción y te libré, te respondí oculto en los truenos. Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti: ojalá me escuchases, Israel. No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor, Dios tuyo que te saqué del país de Egipto”.

Dios se alboroza pensando en la conversión de su pueblo: “Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino, entonces te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre”.

En el Evangelio, Cristo condesciende con el interlocutor sincero y bien intencionado y no tiene secretos con él, pues le enseña la clave más secreta de la felicidad del hombre, la fuente de la mayor bendición y felicidad para el hombre creyente: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. El segundo mandamiento es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento más importante que éstos. No hace falta ya hacerle más preguntas, ya nos lo dijo todo si es que realmente queremos escuchar. El que tenga oídos, que oiga.

Solamente resta clamar a Dios mientras seguimos celebrando la Eucaristía a diario si es posible: en el templo y en el trajín de cada día, cada semana.

Oramos sobre las ofrendas diciendo:  Mira, Señor, con bondad los dones que te presentamos; que ellos sean gratos a tus ojos y nos alcancen la salvación.

O después de la Comunión: Señor, que la acción de tu Espíritu en nosotros penetre íntimamente nuestro ser para que lleguemos un día a la plena posesión de lo que ahora recibimos en la Eucaristía. La acción del Espíritu Santo es algo que ya se insinúa en estos días de la Cuaresma: así en la oración colecta de hoy decimos:

Infunde, Señor, tu gracia en nuestros corazones, es decir, la acción del Espíritu en nuestros corazones, para que, de manera negativa, sepamos dominar nuestro egoísmo, salir de nosotros mismos, controlar nuestra desconfianza radical, y, de manera positiva, sepamos secundar las inspiraciones que nos vienen del cielo, secundar las inspiraciones del Espíritu en el alma del creyente. Por nuestro Señor Jesucristo.- Amén.

 

ORACIÓN SUGERIDA

Señor y Dios mío, enséñame a amarte. Gracias, Padre bueno, por habernos amado tanto que has enviado a tu propio hijo al mundo. Él se juntó a nosotros y asumió nuestra naturaleza, pero él no te ofendió en nada; por eso en él te complaces totalmente.

No mires, Padre Santo, nuestros pecados, mira a Cristo tu Hijo, que es nuestro hermano mayor, y agrádate en él. Él te ha dado toda gloria, todo el poder, toda la bendición de que tú eres digno. Él es nuestra mejor respuesta a tu amor infinito, nuestra única y sobrada respuesta.

Gracias, Señor Jesús, porque tú eres nuestro contento y nuestra gloria, nuestra justificación ante el Padre, nuestra satisfacción plena ante Dios y para Dios. Por ti y en ti recibimos toda gracia y bendición desde lo alto.

Señor Jesús, tú conoces nuestro barro y nos comprendes como nadie. Mira nuestra pobreza y envíanos, desde el Padre, el santo Espíritu para poder parecernos cada día más a ti, y así no ofender ni decepcionar al Padre de los Cielos, que es digno de toda bendición.- Amén.

 

Anímate, hermano, a formular tu oración personal dirigida a cada una de las tres divinas personas de la Santísima Trinidad, pues tienes el Espíritu derramado en tu corazón. Él te lleva de la mano al conocimiento sabroso del Padre y del Hijo. Pues en eso consiste la vida eterna: en que conozcamos al Padre y a su Enviado, su Hijo bendito. El Espíritu nos conduce a la verdad plena. Permítele al Espíritu fluir en tu interior con esos gemidos inefables, y no lo tengas por más tiempo entristecido. Ha llegado el tiempo de la liberación, aunque estemos en Cuaresma. Si tú quieres, una liberación siempre mayor te irá invadiendo; pues todo tiempo es bueno para Dios si tú quieres, si tú lo deseas. Que se te cumpla como has creído, decía Jesús a los enfermos que se le acercaban con fe y deseo de ser curados.

 

Finalmente, recuerda, hermano, que la cuaresma, por estar proyectada esencialmente hacia la Pascua hasta el punto de no tener sentido en sí misma, es, con plenitud, el tiempo de la primavera de la Iglesia: el más apropiado, o bien para ingresar a ella y conocer a Dios, o bien para volver al primer amor, al amor nupcial. Por eso, merece la pena vivir la Cuaresma cada día con mayor intensidad hasta llegar a la Pascua, con mayor gozo y felicidad.

 

 

 


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