Vivencias Cuaresmales 2010 (19)

marzo 6, 2010

  

  

18. SÁBADO 

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 

Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo

 

 

Textos bíblico-litúrgicos

Entrada: Salmo 144, 8-9 

1era. lectura: Miqueas 7, 14-15. 18-20 

Salmo: 102, 1-2-3-4. 9-10-11-12 

Aclamación: Lucas 15, 18 

Evangelio: Lucas 15, 1-3. 11-32 

Comunión: Lucas 15, 32 

  

TEMA.- El hijo pródigo, paradigma de la confesión sacramental. 

En la antífona de entrada una vez más se resalta la bondad de Dios. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (Salmo 144, 8-9). 

Una y otra vez, consideramos a Dios en lo específico suyo: la misericordia. ¿Cuándo nos convenceremos de ello? Él es Dios, no hombre. Nuestros parámetros no son apropiados para captar a Dios en su originalidad. En efecto, ninguno de los dos hijos llegó a conocer a su padre, aunque vivían en su casa día y noche. El mayor era egoísta y había reducido su relación filial a un cumplimiento legalista y frío, él obedecía para que le premiaran. El menor era también egoísta y se entusiasmó con la idea de hacer su voluntad, de liberarse del padre, del “viejo”. La relación con él era rutinaria y le aburría esa vida. Quería romper la dependencia y emanciparse. 

Los dos hijos vivían afectivamente lejos de su padre aunque convivieran con él, no lo conocían bien, no lo apreciaban, no lo amaban. Eran ingratos, desagradecidos y hasta injustos con un padre cuyo delito fue el haberles dado lo mejor que podía darles, y buscar lo mejor para ellos. 

Si muchos se identifican con el hijo pródigo, no son menos los que podemos identificarnos con el hijo mayor. Él no amaba a su padre, y se constata que tampoco amaba a su hermano. No ama a su hermano y, por tanto, no lo puede excusar y menos aún perdonar. Teme que, si lo perdona, su hermano seguirá en lo mismo, que no le va a doler lo que ha hecho. Piensa que si no se le aplica un correctivo a su hermano, éste no escarmentará y en el futuro será capaz de abusar de la bondad del padre y de toda la familia; por eso critica la actitud indulgente del padre como excesivamente generosa hasta rayar en ingenua: le parece tonta, incomprensible y hasta injusta. 

Nosotros, por lo general, igual que el hijo mayor, creemos que a la gente hay que cambiarla a como dé lugar; y eso se consigue cuadrando a la gente, ajustando cuentas, reprochando, humillando si es necesario, castigando, vengándose, y obligando a los demás a pagar en justicia todo lo adeudado. En fin, haciendo que el pecador pruebe lo amargo de las consecuencias de su falta. Nos da miedo dejar libre al otro, decirle que no importa lo que ha hecho, que le comprendemos, que no ha pasado nada, que lo seguimos amando igual o más que antes, que le seguimos esperando y que confiamos en él, que le damos una nueva oportunidad, que sufrimos con él lo mal que se siente por lo que ha hecho, que quizás es él precisamente el que más lamenta lo sucedido y sufre por el pecado cometido, que él es más grande que su propio pecado, que no puede identificarse para siempre con lo que ha hecho. Todo eso nos cuesta practicarlo porque no nos fiamos del hermano y creemos en la capacidad regenerativa del hombre. 

En fin, nos cuesta aceptar a los hermanos en su proceso de crecimiento en libertad, en la “libertad de hijo” que nos ha dado el Padre, nuestro Padre, como un derecho a todos sus hijos sin excepción. Querríamos a nuestros prójimos más perfectos, más disciplinados, más agradecidos, pero es a Dios a quien deben dar cuentas, no a nosotros. Eso es lo que nos cuesta: aceptar que Dios es el soberano y dueño de todo y de todos, y no nosotros. Querríamos poner nosotros la medida y las reglas de juego; pero eso, felizmente para todos, pertenece a Dios. Tanto nos atrae esa pretensión, que nos atrevemos a juzgar a Dios como el hijo mayor tachándole de ingenuo y aun de injusto. Sin embargo, el Padre, el único bueno, a los operarios que le reclamaban, les dijo: ¿Por qué veis con malos ojos que yo sea bueno? ¿Quiénes sois vosotros para imponerme determinados comportamientos y para decirme lo que debo hacer y cómo tengo que amar y hacer justicia? 

Porque es Dios, puede confiar sin medida en nosotros. Él es el Amor que todo lo espera, todo lo cree, todo lo soporta. Nosotros somos limitados: nosotros estamos invitados a imitar a nuestro Padre en esa característica tan propia y exclusiva de Dios. Es mucho lo que se nos pide: es algo imposible para el hombre pero posible para Dios. 

Deberíamos alegrarnos de que Dios sea tan bueno; y porque mucho se nos perdona, mucho queremos alabarlo. Dios cree que el amor y el perdón es el mejor antídoto al abuso y a la ingratitud del hombre pecador. Sólo el amor le hace salir de sí mismo y le cambia. Pues “amor saca amor”, sobre todo considerando el ejemplo de Cristo interpretado e interiorizado en nosotros por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones como prenda de vida eterna. Esa vida eterna que consiste en conocer el amor del Padre y del Hijo; en disponerse a vivir en correspondencia a su Amor ingresando a la misma familia divina. 

Con el salmista agradecemos el infinito amor y perdón de Dios. Que nuestra alabanza llene la tierra, que llene la Iglesia, como llenó el perfume de la Magdalena toda la casa: ella pudo amar mucho, porque mucho se le perdonó; y también, mucho se le pudo perdonar porque mucho amó. A quien poco se le perdona, poco ama. Quien no permite que se le perdone mucho, poco puede amar. 

 

ORACIÓN COLECTA 

Señor, Dios nuestro, que, por medio de los sacramentos, nos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal; dirígenos tú mismo en el camino de la vida,para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos.

ORACIÓN DE LA COMUNIÓN 

Señor, que la gracia de tus sacramentos llegue a lo más hondo de nuestro corazón y nos comunique su fuerza divina. 

  

PREFACIO DE LA PLEGARIA EUCARÍSTICA SOBRE LA RECONCILIACIÓN I. La reconciliación como retorno al Padre. 

En verdad es justo y necesario darte gracias, Señor Padre santo, porque no dejas de llamarnos a una vida plenamente feliz. 

Tú, Dios de bondad y misericordia, ofreces siempre tu perdón e invitas a los pecadores a recurrir confiadamente a tu clemencia. Muchas veces los hombres hemos quebrantado tu alianza; pero tú, en vez de abandonarnos, has sellado de nuevo con la familia humana, por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, un pacto tan sólido, que ya nada lo podrá romper. 

Y ahora, mientras ofreces a tu pueblo un tiempo de gracia y reconciliación, lo alientas en Cristo para que vuelva a ti, obedeciendo más plenamente al Espíritu Santo, y se entregue al servicio de todos los hombres. 

Por eso, llenos de admiración y agradecimiento, unimos nuestras voces a las de los coros celestiales para cantar la grandeza de tu amor y proclamar la alegría de nuestra salvación.  

Santo, Santo, Santo es el Señor…  

  

HIMNO  

Éste es el día en que actuó el Señor. Éste es el tiempo de la misericordia. ¡Exulten mis entrañas! ¡Alégrese mi pueblo! Porque el Señor que es justo revoca sus decretos: La salvación se anuncia donde acechó el infierno, porque el Señor habita en medio de su pueblo. 

 


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