Vivencias Cuaresmales 2010 (18)

marzo 5, 2010

 

 

Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo"

17. VIERNES 

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 

 

Textos bíblico-litúrgicos:  

Entrada: Salmo 30, 2. 5 

1era. lectura: Génesis 37, 3-4. 12-13. 17-28 

Salmo: 104, 16-17-18-19. 20-21 

Aclamación: Juan 3,16 

Evangelio: Mateo 21, 33-43. 45-46 

Comunión: 1 Juan 4, 10 

  

TEMA 

La muerte de Jesús es obra de los hombres. José vendido por sus propios hermanos. 

El rico ignoró a su mendigo Lázaro. Los hermanos de José consintieron y fomentaron en su interior los sentimientos de antipatía, fastidio, celo, envidia… y comenzaron a odiarlo, llegando hasta no querer conversar con él. Viven junto a él, en la misma casa, pero lo aborrecen hasta negarle el habla. La palabra expresa el don de la persona, el interés por el otro, la intercomunión. Las vidas, las personas, se unen por la palabra, la comunicación. Mediante ella ofrecemos el don de nuestra persona. 

Por el contrario, cuando se niega el habla, se abre un abismo entre las personas, se distancian de manera radical y creciente, porque aumenta el desprecio interior, la sospecha, la ira contenida, el deseo de venganza. Negando el habla, matamos al hermano y nos matamos a nosotros mismos porque perdemos la paz, estamos tensos, “cuidando nuestro muerto o nuestro preso”, pues necesitamos constatar a cada momento que está muerto y bien muerto o preso y bien atado. Y eso no nos deja vivir, nos consume la energía vital. 

José vendido por sus hermanos es figura de Cristo, negado por cada uno de nosotros. Vendido y llevado a Egipto para que auxilie más tarde a sus propios hermanos. Jesús, llevado a la cruz, se convierte en salvador de sus propios verdugos. Dios siempre devuelve bien por mal, es capaz de transformarlo todo en bendición. Él es paciente, nadie le puede impedir ser bueno. Nadie puede quebrar radical y definitivamente sus planes de paz y salvación para con los hombres. 

En la Cuaresma el Padre sale al encuentro de cada uno de nosotros que durante el año hemos vendido a muchos hermanos y en ellos hemos negado a Cristo con nuestra tibieza. De hecho muchos hombres no cuentan para nosotros, no nos interesan, los desconocemos, los despreciamos, no esperamos nada de ellos, estamos resentidos con ellos, incluso no esperamos que cambien, ni lo queremos. A veces nos interesa que no cambien, pues así tenemos excusas para muchas actitudes nuestras. Quizás nos sentimos vencedores y superiores respecto de los ignorantes, maleados, equivocados: como si fuéramos dueños los hemos vendido; les hemos dado un destino más o menos ignominioso; y ellos están sufriendo por nuestras actitudes. 

Pero podemos caer en la cuenta y arrepentirnos, y entonces ellos se convertirían en causa de salvación para nosotros a través de Cristo que hace de los dos pueblos uno solo, en quien todos somos hermanos, hijos del mismo Padre. José vendido por sus hermanos, interpretó los sueños del Faraón y fue nombrado administrador de todos sus bienes, y así pudo auxiliar a sus hermanos cuando bajaron a Egipto en los años de hambre buscando provisiones para sobrevivir. La confesión de nuestros errores y pecados nos traerá la salvación: una relación nueva con Dios y con los hermanos. Que éste sea uno de los frutos más logrados de nuestra Cuaresma. 

Durante la Cuaresma debe producirse en nuestro interior una profunda transformación: sanación por el perdón, reconciliación y renovación en el Espíritu. En la Trinidad, el Espíritu personaliza la comunión del Padre y del Hijo. Entre nosotros hace posible toda verdadera comunión y reconciliación. El Espíritu nos hace sentir alegría por la recuperación del hermano: “la caridad no es egoísta no tiene envidia, no se alegra del mal del otro, se alegra con la verdad”. 

Por tanto, si tu hermano es bendecido, debes aprender a alegrarte por ello. Es posible que el éxito del hermano produzca en ti tristeza, pesar, incomodidad, perturbación, confusión: después, incluso envidia o rabia. Acoge esos sentimientos, que no te gustan, en paz; necesitas ser sanado. Puedes identificarte con los jornaleros atrevidos que protestan ante el patrón, pero escucha la voz de tu Padre amoroso y paciente: “¿Por qué ves con malos ojos que yo sea bueno, no puedo hacer lo que quiero con mi dinero, me vas a prohibir ser generoso con tu hermano, acaso lo que doy a otro te lo robo a ti, acaso te falta algo a ti, acaso te he perjudicado en algo?” 

  

ORACIÓN SUGERIDA 

Señor Jesús, tú eres humano como yo, tú me comprendes, el éxito del hermano me entristece, me perturba, o, al menos, no logro alegrarme de corazón con mi hermano. 

Te entrego este sentimiento malo o esa incapacidad para festejar, no quiero acoger ese sentimiento malo en mi interior: pon tu Espíritu en mi corazón para que pueda sentir alegría, libertad y amor por mi hermano; así como tú mismo sentías agrado y felicidad cuando confiabas en los discípulos enviándolos a predicar, y cuando los veías contentos al regresar de su misión. 

Que pueda alegrarme con la felicidad de los demás. Hazme abierto y feliz.- Amén 

 

El Evangelio de los viñadores injustos 

En los comportamientos anómalos con el hermano hay un mal de fondo. Pretendemos ser propietarios, siendo en realidad sólo administradores, no respetamos la soberanía absoluta de Dios sobre nuestros hermanos y causamos desorden, sufrimiento, injusticia… y eso necesariamente. 

Los viñadores se adueñan de la propiedad, se atreven con los empleados del patrón, y aun con el mismo hijo de su Señor. ¡Qué temeridad, qué desfachatez, qué atrevimiento, qué despropósito! Líbranos, Señor, de atrevernos a juzgarte.

 

ORACIÓN COLECTA.- Concédenos, Dios todopoderoso, que, purificados por la penitencia cuaresmal, lleguemos a las fiestas de Pascua limpios de pecado.  

ORACIÓN DE LA COMUNIÓN.- Señor, después de recibir la prenda de la eterna salvación, haz que de tal modo la deseemos y busquemos que podamos conseguirla por tu misericordia. 

 

De los sermones de san Gregorio Nacianceno, obispo

Sirvamos a Cristo en los pobres 

Dichosos los misericordiosos -dice la Escritura-, porque ellos alcanzarán misericordia. No es, por cierto, la misericordia una de las últimas bienaventuranzas. Dice el salmo: Dichoso el que cuida del pobre y desvalido. Y de nuevo: Dichoso el que se apiada y presta. Y en otro lugar: El justo a diario se compadece y da prestado. Tratemos de alcanzar la bendición, de merecer que nos llamen dichosos: seamos benignos. 

Que ni siquiera la noche interrumpa tus quehaceres de misericordia. No digas: Vuelve, que mañana te ayudaré. Que nada se interponga entre tu propósito y su realización. Porque las obras de caridad son las únicas que no admiten demora. 

Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, y no dejes de hacerlo con jovialidad y presteza. 

Quien reparte la limosna -dice el Apóstol- que lo haga con agrado, pues todo lo que sea prontitud hace que se te doble la gracia del beneficio que has hecho. Porque lo que se lleva a cabo con una disposición de ánimo triste y forzada no merece gratitud ni tiene nobleza. De manera que, cuando hacemos el bien, hemos de hacerlo, no tristes, sino con alegría. 

Si dejas libres a los oprimidos y rompes todos los cepos, dice la Escritura, o sea, si procuras alejar de tu prójimo sus sufrimientos, sus pruebas, la incertidumbre de su futuro, toda murmuración contra él, ¿qué piensas que va a ocurrir? Algo grande y admirable. Un espléndido premio. Escucha: Entonces romperá tu luz como la aurora, te abrirá camino la justicia. ¿Y quién no anhela la luz y la justicia? 

Por lo cual, si pensáis escucharme, siervos de Cristo, hermanos y coherederos, visitemos a Cristo mientras nos sea posible, curémoslo, no dejemos de alimentarlo o de vestirlo; acojamos y honremos a Cristo, no en la mesa solamente, como algunos, no con ungüentos, como María, ni con el sepulcro, como José de Arimatea, ni con lo necesario para la sepultura, como aquel mediocre amigo, Nicodemo, ni, en fin, con oro, incienso y mirra, como los Magos, antes que todos los mencionados; sino que, puesto que el Señor de todas las cosas lo que quiere es misericordia y no sacrificio, y la compasión supera en valor a todos los rebaños imaginables, presentémosle ésta mediante la solicitud para con los pobres y humillados, de modo que, cuando nos vayamos de aquí, nos reciban en los eternos tabernáculos, por el mismo Cristo, nuestro Señor, a quien sea dada la gloria por los siglos. Amén (Sermón 14, sobre el amor a los pobres, 38. 40: PG 35, 907, 910). 

  

  

 


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