Globalización y catolicidad

febrero 5, 2010

El Espíritu de la nueva creación en Cristo

Globalización, catolicidad

y espiritualidad

de comunión

El Espíritu que el Padre ha derramado en nuestros corazones es el Espíritu de Cristo. Por eso todos somos hijos de Dios en el Hijo Amado. Lo anterior ya pasó, nuestro hombre viejo ha muerto y en Cristo somos una criatura nueva. El hombre espiritual se deja guiar por el Espíritu y ya no está sometido a nada ni a nadie. San Pablo nos asegura: todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios.

¿Cómo experimentar hoy esa plenitud en Cristo? La globalización es una realidad que experimentamos a diario: el mundo se ha hecho más pequeño, más interrelacionado. Entendemos que ese fenómeno es una oportunidad para vivir mejor la espiritualidad de la comunión y la catolicidad.

Es decir, nos posibilita la percepción de la presencia de Dios en un mundo ancho y ajeno, pero que el Espíritu nos lo hará cercano y querido. Él nos permite captar la presencia recreadora de Dios en nuestro hoy. El mundo es nuestra casa y debemos sentirnos a gusto en él junto con todos los hombres nuestros hermanos.

Es conveniente afinar esta percepción que nos permitirá sentirnos, más que espectadores, corresponsables de la acción de Dios. El Espíritu sanará nuestros ojos y los iluminará para que descubramos las maravillas que Dios obra en el aquí y ahora.

Estimado lector, el Espíritu se servirá de la siguiente exhortación para descubrirte la personalidad nueva, polifacética y pletórica que el Padre te regala en Cristo. Así podrás experimentar con gozo la comunión y la catolicidad con toda la humanidad y con la misma naturaleza donde vivimos.

He aquí el texto de la exhortación.

Los que han llegado a ser hijos de Dios y han sido hallados dignos de renacer de lo alto por el Espíritu Santo y poseen en sí a Cristo, que los ilumina y los crea de nuevo, son guiados por el Espíritu de varias y diversas maneras, y sus corazones son conducidos de manera invisible y suave por la acción de la gracia.

A veces, lloran y se lamentan por el género humano y ruegan por él con lágrimas y llanto, encendidos de amor espiritual hacia el mismo.

Otras veces, el Espíritu Santo los inflama con una alegría y un amor tan grandes que, si pudieran, abrazarían en su corazón a todos los hombres, sin distinción de buenos o malos.

Otras veces, experimentan un sentimiento de humanidad que los hace rebajarse por debajo de todos los demás hombres, teniéndose a sí mismos por los más abyectos y despreciables.

Otras veces, el Espíritu les comunica un gozo inefable.

Otras veces, son como un hombre valeroso que, equipado con toda la armadura regia y lanzándose al combate, pelea con valentía contra sus enemigos y los vence. Así también el hombre espiritual, tomando las armas celestiales del Espíritu, arremete contra el enemigo y lo somete bajo sus pies.

Otras veces, el alma descansa en un gran silencio, tranquilidad y paz, gozando de un excelente optimismo y bienestar espiritual y de un sosiego inefable.

Otras veces, el Espíritu le otorga una inteligencia, una sabiduría y un conocimiento inefables, superiores a todo lo que pueda hablarse o expresarse.

Otras veces, no experimenta nada en especial.

De este modo, el alma es conducida por la gracia a través de varios y diversos estados, según la voluntad de Dios que así la favorece, ejercitándola de diversas maneras, con el fin de hacerla íntegra, irreprensible y sin mancha ante el Padre celestial.

Pidamos también nosotros a Dios, y pidámoslo con gran amor y esperanza, que nos conceda la gracia celestial del don del Espíritu, para que también nosotros seamos gobernados y guiados por el mismo Espíritu, según disponga en cada momento la voluntad divina, y para que él nos reanime con su consuelo multiforme; así, con la ayuda de su dirección y ejercitación y de su moción espiritual, podremos llegar a la perfección de la plenitud de Cristo, como dice el Apóstol: Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Cristo.

(De las homilías de un autor espiritual del siglo cuarto; PG 34, 639-642; Of. Lectura, viernes IV TO)


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