Viernes II Adviento

     

Juan Bautista

Juan Bautista

  

     

Viernes II semana de Adviento

Mt 11, 16-19    

“¿A quién se parece esta generación?”    

He aquí, la pregunta de Jesús, admirado de la incredulidad del pueblo judío, en particular de sus dirigentes. Dios, siempre fiel, se manifiesta en El Bautista y se revela en Jesús. No pierde la ocasión de expresar su amor y sus designios de paz y bendición. Para Dios no hay tiempos muertos. Es un Dios de vivos. Él habla y actúa de distintas maneras, ciertamente. Pero tanto Juan como Jesús son rechazados por igual, con distinto pretexto: De Juan dicen que está endemoniado, y de Jesús que es un comilón y un borracho. Es decir, Juan rechazado por conservador y fundamentalista; Jesús, por progresista, liberal y revolucionario. ¿Y qué decimos hoy… nosotros, tú y yo?    

Apliquémonos el cuento. ¿Dios sigue hablando hoy a la sociedad, a esta generación? Ciertamente. Porque Dios es puro amor: y no puede negarse a sí mismo. El Padre siempre actúa, decía Jesús. La fe nos asegura que Dios todo lo dispone para nuestro bien. ¿Nos habla a cada uno? Indudablemente, pues somos los preferidos para él. Creemos que todo cuanto sucede es un gesto de Dios hacia nosotros. Cada persona tiene un mensaje para nosotros. Todo nos tendría que hablar de Dios, necesariamente, pues todo lo ha creado para nosotros… “Todo”, hasta lo malo que Dios permite en el mundo, en los demás, y dentro de nosotros. Nada está perdido.    

Pero, ¡cómo patinamos cuando se trata de ver a Dios! ¡qué atrevidos somos, qué ligeros para juzgar! Usamos y abusamos del mundo sin reconocer que todo nos viene de Dios. Todo nos parece debido. La sociedad del bienestar y nosotros mismos estamos perdiendo la capacidad de sorpresa, de agradecimiento. Como los niños caprichosos del evangelio rechazamos las innumerables y reiteradas manifestaciones de Dios, cada día. No vemos el sentido de la vida, no palpamos la cercanía de Dios. El Adviento es para aprender a ver en profundidad. Pues corremos el riesgo de mirar al Niño de Belén y no “ver ni sentir” la ternura de Dios. Hay que ver y sentir. “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. Señor, “te conocía de oídas, ahora te están viendo mis ojos”.    

Adviento es el tiempo propicio para levantar nuestros ojos, para contemplar la cercanía de Dios: él estaba en Juan, hablaba y actuaba en Jesús. Él sigue hablando y actuando en nuestro mundo, a nuestro lado, en los amigos y en los adversarios, dentro y fuera de nosotros mismos.    

Por la fe descubrimos a Dios presente y actuante en todo lo que sucede; las obras de Dios llenan el mundo; su sabiduría todo lo invade: todo está bien. Nuestro mundo, por más que lo dañemos, no está perdido, porque la última palabra la tiene Dios; él gobierna el mundo; estamos en sus manos. Por tanto, descarguemos en él nuestras preocupaciones. Lo nuestro es alegrarnos en el Señor, esperando que él haga su obra con nosotros y a veces como a pesar nuestro, y en nosotros. La alegría en el Señor será nuestra fortaleza; él vendrá, en este mundo, y en el otro: es Adviento, es Navidad. Él vendrá, no lo dudemos ni un momento…    

A ver si contemplamos la gloria de Dios; entonces sabremos que todo funciona bien porque tú funcionas bien pues has visto el poder de Dios. Si te abandonas en Dios y le permites que él te conduzca… verás a Dios y descansarás en él. Por fin. ¿Por qué no dejas de buscar tu felicidad a escondidas o al margen de Dios, para dejarte iluminar por su gloria, la gloria del Niño de Belén? Ensaya otra manera de sentir y de creer, y entonces reconocerás que Dios tenía razón cuando envió a Juan a bautizar y cuando envió a Jesús y lo hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Indudablemente, la sabiduría de Dios ha quedado acreditada por sus obras. Todo está bien pues Dios todo lo ve, todo lo cuida. Él sabe todas las cosas. Su sabiduría no tiene medida. Amén.    

El salmista nos ayuda en la oración:   

Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo…  

Tus acciones, Señor, son mi alegría; y mi júbilo, las obras de tus manos. ¡Qué magníficas son tus obras, Señor; ¡qué profundos tus designios! El ignorante no los entiende, ni el necio se da cuenta…  

El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano… para proclamar que el Señor es justo, que en mi Roca no existe la maldad.  

 (Salmo 91)   

   

     

Tiempo de Adviento para contemplar y escuchar la Palabra

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