Maná y Vivencias Pascuales (50B)

mayo 27, 2012

Cuando llegó el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos, y quedaron llenos del Espíritu Santo


Domingo de Pentecostés

Ciclo B


MISA DEL DÍA
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ANTÍFONA DE ENTRADA: Sab 1, 7

El Espíritu del Señor ha llenado toda la tierra; él da unidad a todas las cosas y se hace comprender en todas las lenguas. Aleluya.


ORACIÓN COLECTA

Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones; derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Hechos de los Apóstoles: 2, 1-11

El día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar. De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse.

En esos días había en Jerusalén judíos devotos, venidos de todas partes del mundo. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.

Atónitos y llenos de admiración, preguntaban: “¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo, pues, los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay medos, partos y elamitas; otros vivimos en Mesopotamia, Judea Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene. Algunos somos visitantes, venidos de Roma, judíos y prosélitos; también hay cretenses y árabes. Y sin embargo, cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua”.

SALMO 103

Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice alma mía al Señor, ¡Dios mío, que grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran, y vuelven a ser polvo; envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios: 12, 3-7.12-13

Hermanos: Nadie puede llamar a Jesús “Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo.

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.

SECUENCIA

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.


ACLAMACIÓN: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

EVANGELIO: Juan: 20, 19-23

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

PREFACIO DEL DOMINGO DE PENTECOSTÉS

En verdad es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar… Dios todopoderoso y eterno.

Pues, para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo.

Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas.

Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales… cantan sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…




EJERCICIO PASCUAL: VEN, ESPÍRITU SANTO

Apreciado hermano, estimada hermana: Ha llegado el momento de coronar el ejercicio cuaresmal y pascual. Han sido noventa días de búsqueda del Señor. Han sido también noventa días en los que el Señor ha salido a nuestro encuentro, un día tras otro, con fidelidad y renovada ilusión.

Concluyendo la pascua, nosotros le presentamos al Señor, con alegría y satisfacción, nuestros esfuerzos. Mereció la pena realizarlos. Y aunque no se puede merecer el don divino, ahora el Señor nos premiará con una nueva efusión del Espíritu Santo: una renovada sensibilidad para captar y seguir las inspiraciones del Espíritu.

Ayer y anteayer nos hemos centrado en el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo, quizás sin darnos cuenta de ello, guió nuestro acercamiento. Hoy queremos tomar mayor conciencia del ser y de la acción del Espíritu en nuestras vidas.

Jesús, al ascender a los cielos, anunció a los discípulos el cumplimiento de la promesa del Espíritu realizada por el Padre en el antiguo Testamento, sobre todo a través de los profetas: “Vendrán días en que enviaré el Espíritu y la tierra entera se llenará del conocimiento del Señor”.

Dios había prometido una nueva ley escrita, no ya en tablas de piedra, sino en el corazón de los creyentes: “Les daré un corazón de carne; les arrancaré, de cuajo, el corazón de piedra; pondré en ellos un corazón nuevo; y entonces, ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios”.

Jesús rogó al Padre que cumpliera la promesa enviando el otro Consolador. Éste no traería nada nuevo, sino que les recordaría a los discípulos todo lo revelado por Jesús y se lo haría comprender claramene y experimentar con fruición. El Espíritu vino sobre los discípulos tan pronto como Jesús fue glorificado: “Si no me voy, no vendrá el Espíritu”.

Pentecostés significa la irrupción del Espíritu que inaugura el nacimiento de la Iglesia, los últimos tiempos y la plenitud de la salvación. Dios ha cumplido su parte. Ahora nos toca a nosotros.

Los discípulos experimentaron una profunda transformación. Comprendieron las Escrituras y todo el misterio de Jesús. Quedaron subyugados, enhechizados, y como enajenados por el Espíritu del Resucitado y, de inmediato, salieron a predicar por todo el mundo, con mucha convicción y entusiasmo, la salvación traída por Cristo y en él perfectamente realizada. Nació la Iglesia y con ella una nueva manera de ver la historia y de construir la sociedad como anticipo del Reino de Dios.

Pero, ojo, esta transformación es la herencia del Resucitado para todo el que crea, sin excepción. “Venid a mí, gritaba Jesús en el atrio del Templo el día de la Fiesta, todos los que tenéis sed, y tomad gratis el agua de la vida”.

El don del Espíritu es para todos. Solamente hace falta reconocer que lo necesitamos. Sólo se necesita reconocer que por naturaleza somos limitados, atrevidos, pecadores. Y entonces, sentiremos la sed de Dios, y desearemos ser llenos del Espíritu de Dios: nacer de arriba, de lo alto.

Hermano, hermana: vamos a pedir, o mejor agradecer, el don del Espíritu al finalizar estas “vivencias pascuales”. Claro que ya tienes el Espíritu, desde que recibiste el bautismo. Pero la cuestión es cómo lo tienes: Si está suelto, vivo y actuante en ti o si lo tienes atado, ignorado y casi anulado por tu pecado o tu inconsciencia.

Vamos a orar con toda sencillez ante quien sabemos nos ama y nos tiene reservadas muchas sorpresas. “Si conocieras el don de Dios y lo que él te puede dar a gustar…” Di  con todas tus ganas: Ven, Espíritu divino, ven, Padre amoroso del pobre; ven, dulce huésped del alma, y habita en mí, pon tu sede y tu trono en el centro de mi ser, de mi corazón. De doy gracias. Amén.

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ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Espíritu divino, creo en ti como la tercera persona de la Santísima Trinidad. Te adoro y te invoco como el Santificador. Tú eres el abrazo del Padre y del Hijo, fuente de toda relación y comunión.

Te doy gracias porque tú estás derramado en mi corazón. Aunque no tenga conciencia expresa de tu presencia, sé que tú guías todos mis buenos pensamientos y deseos. Tú me haces presente al Padre y al Hijo, y me inspiras el conocimiento y el amor a ellos.

Con toda reverencia me pongo en tu presencia, Espíritu Santo. Reconozco mi pobreza, y te invoco porque sé que eres “padre amoroso del pobre”. ¿Adónde iría, Señor, con mi pobreza? Ven, dulce huésped del alma, pues sin ti me abrumaría la mayor y cruel soledad. Tú que eres generoso en tus dones, ten misericordia de mí y lléname de tus gracias.

Te pido perdón, Espíritu Consolador, porque frecuentemente me olvido de ti. Con mi pecado te tengo entristecido. Perdóname. Por el contrario, quiero ser dócil a tus inspiraciones. Ten paciencia conmigo y no me dejes por imposible.

Al finalizar este ejercicio cuaresmal y pascual, ven, Espíritu Santo, a mi vida entera y transfórmala sustancialmente. Quiero recibir como una renovación en toda mi persona, en toda mi existencia. Quiero ser una nueva criatura en Cristo. No quiero defraudar al Padre que tanto me valora y tanto espera de mí. No puedo traicionarle a Jesús que me amó y se entregó por mí. Ayúdame, pues me siento desorientado y desvalido.

En fin, tú sabes mejor que nadie lo que me conviene. Ven, padre amoroso del pobre. Visita mi corazón. Mira mi pobreza y hasta mi propia miseria. Ven a calentar lo que está frío; a iluminar lo oscuro; a enderezar lo torcido; a curar las heridas; a suavizar lo duro; a endulzar la amargura; a calmar lo agresivo y violento. Ven, Espíritu Santificador con todas tus gracias: los dones y los frutos; para que me parezca más a Jesús y pueda glorificar al Padre, como él se merece.

Mira que estoy como la tierra reseca que espera la lluvia; espero el agua que limpia, refresca y fecunda. Quiero ser como la arcilla en manos del alfarero para que tú la modeles según los designios del Padre y la imagen del Hijo. Incluso, quiero ser una vasija nueva: si es preciso, rompe y quiebra mi vida ya hecha y mis planes, y hazme de nuevo. En fin, quiero ser como el leño que se deja invadir y penetrar por el fuego hasta transformarse en luz y calor. Ven, Espíritu Santo, tú que haces nuevas todas las cosas. Tú eres mi única esperanza.

Ven, Espíritu del amor, y enséñame a imitar la generosidad del Padre celestial. Ven, Espíritu Santo, y enséñame a ser hijo en el Hijo de Dios, Jesucristo: que sea verdadero discípulo buscando siempre la gloria del Padre. Dame el celo y la pasión por el Reino, los mismos que tenía Jesús y que manifestaba en sus palabras poderosas y obras maravillosas.

Quiero ser otro Cristo en el mundo. Quiero tener su mismo Espíritu para dejarme conducir por él con obsequiosa docilidad y poder en el Amor del Señor.

Te doy gracias, Espíritu divino, por esta oración que me has inspirado y has presentado al Padre y al Hijo, por mí. Agradezco lo que has hecho en mí, lo que haces, y lo que harás en el futuro para gloria del Padre y contento del Hijo. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

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Maná y Vivencias Pascuales (49)

mayo 26, 2012

Creo, Señor Jesús, que estás vivo y que sigues pasando hoy delante de nosotros y sigues llamándonos

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Sábado de la 7ª semana de Pascua

MISA MATUTINA

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DECENARIO DEL ESPÍRITU SANTO

Décimo día

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Hch 1, 14; 1era lectura: Hch 28, 16-20.30-31; Salmo: 10, 5-6.8; Aclamación: Jn 16, 7.13; Evangelio: Jn 21, 20-25; Comunión: Jn 16, 14.

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TEMA CENTRAL: JESÚS ES MI SEÑOR.

ANTÍFONA DE ENTRADA.- Los discípulos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de pascua que nos disponemos a clausurar. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 28, 16-20.30-31

Cuando entramos en Roma, le permitieron a Pablo alojarse en una casa particular con un soldado que lo vigilara. Tres días después Pablo convocó a los judíos principales. Una vez reunidos, les dijo: Hermanos, acaban de traerme preso de Jerusalén. He sido entregado a los romanos sin que yo haya ofendido a las autoridades de nuestro pueblo ni las tradiciones de nuestros padres.

Los romanos querían dejarme en libertad después de haberme interrogado, pues no encontraban en mí nada que mereciera la muerte. Pero los judíos se opusieron y me vi obligado a apelar al César, sin la menor intención de acusar a las autoridades de mi pueblo. Por este motivo yo quise verlos y conversar con ustedes, pues en realidad, por la esperanza de Israel yo llevo estas cadenas.

Pablo, pues, arrendaba esta vivienda privada y permaneció allí dos años enteros. Recibía a todos los que lo venían a ver, proclamaba el Reino de Dios y les enseñaba con mucha seguridad lo referente a Cristo Jesús, el Señor, y nadie le ponía trabas.


SALMO 10, 5-6.8

El Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo: sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables, y al que ama la violencia., él lo odia. Porque el Señor es justo y ama la justicia, los que son rectos contemplarán su rostro.


ACLAMACIÓN Jn 16, 7.13.- Les enviaré el Espíritu Santo de la verdad, dice el Señor, él les comunicará toda la verdad. Aleluya.

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EVANGELIO, Jn 21, 20-25

En aquel tiempo, dijo Jesús a Pedro: Sígueme.

Pedro entonces, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba (el que en la cena se había inclinado sobre su pecho y le había preguntado: Señor, ¿quién es el que te va a entregar?) Al verlo, Pedro preguntó a Jesús: ¿Y qué va a ser de éste?

Jesús le contestó: Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa? Tú sígueme.

Por esta razón corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no iba a morir. Pero Jesús no dijo que no iba a morir, sino simplemente: Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa?

Este es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito aquí, y nosotros sabemos que dice la verdad.

Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros.


COMUNIÓN Jn 16, 14.- El Espíritu Santo me glorificará, porque recibirá de mí lo que les irá comunicando, dice el Señor. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA DÉCIMO

Para concretar, aunque sea de una manera muy general, un estilo de vida que nos impulse a tratar al Espíritu Santo con familiaridad y a través de él, al Padre y al Hijo, podemos fijarnos en tres realidades: docilidad, vida de oración, indulgencia para con el prójimo. El trato con el Paráclito produce en el hombre espiritual la paz y la libertad que Cristo nos ha ganado con su vida, pasión y muerte, y resurrección gloriosa. Es decir, los siete dones del Espíritu: Sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios.

Más explícitamente y según san Pablo, he aquí las consecuencias, sentimientos y frutos de la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones. Los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad (Gál 5, 22-23): y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (2 Cor 3,17).

Oh Dios, que con tu Espíritu llenaste la tierra, haz que los hombres construyan un mundo nuevo de justicia y de paz.

ORACIÓN FINAL

Ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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EJERCICIO PASCUAL: JESÚS ES MI SEÑOR

Ayer contemplamos que Dios Padre ha tomado la iniciativa para crearnos y después para redimirnos. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo. El amor consiste, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero. Más que amar a Dios, nosotros tenemos que dejarnos amar por Dios.

Pues bien, Dios Padre ha enviado a su Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo. Todo el que cree en Jesús como enviado del Padre tiene vida eterna. Por tanto, debemos acoger a Jesús y creer todo cuanto nos diga y nos mande porque sólo él ha bajado del cielo, y sólo a él Dios Padre lo ha acreditado con palabras verdaderas y signos maravillosos.

Jesús, lleno del Espíritu de Dios, pasó por el mundo haciendo el bien. Y sufriendo aprendió a obedecer hasta la muerte y muerte de cruz. Dios Padre lo perfeccionó a base a sufrimientos. Pero, después de muerto, no lo dejó en el sepulcro sino que lo glorificó. Es decir, le dio un nombre sobre todo nombre y lo constituyó Señor y Salvador. No hay salvación fuera de él.

Por tanto, en este día, estimados hermanos, debemos hacer un acto de fe en Jesús confesándolo como nuestro Señor y Salvador, sometiéndole a él todo nuestro ser, nuestra persona. Sólo así podemos agradar al Padre y podremos recibir el Espíritu Santificador.

Creer en Jesús significa adherirse vitalmente a él, entregándole todo lo que somos y queremos, y a la vez renunciando a todo cuanto no sea conforme a los designios del Padre. Esta fe ha de comprometer toda nuestra existencia y todos los niveles de nuestra personalidad.

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ORACIÓN A JESÚS EL SEÑOR

Señor Jesús, creo que tú has venido de parte de Dios para revelarnos los designios de su amor. Te doy gracias por tu disponibilidad, pues tú te ofreciste al Padre diciéndole: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Me has dado un cuerpo; mándame a mí. Yo iré y les mostraré a todos tu gloria.

Gracias, Señor Jesús, por esa solidaridad, esa generosidad y fidelidad. Te admiro, te doy gracias y te acojo en lo más profundo de mi corazón como testigo del amor del Padre. Tú te has rebajado tanto que te has hecho hermano nuestro, en todo igual a nosotros, menos en el pecado.

Creo en ti, Señor, te amo, y quiero acoger tu palabra: adónde iría lejos de ti. Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Tú eres mi sabiduría y mi todo. Tú pasaste por el mundo haciendo el bien. Y ahora yo creo que tú estás vivo, y eres capaz de transformar mi vida totalmente.

Sé que te has hecho en todo semejante a nosotros, menos en el pecado: tú sabes que somos de barro, y nos puedes comprender. Por eso, me inspiras toda la confianza para entregarme a ti y dejarme llevar adonde tú dispongas. Tú eres mi maestro. No quiero saber nada fuera de ti. Por eso, te consagro mi entendimiento y toda mi persona. Quiero que tú gobiernes mi vida por tu santo Espíritu.

Toma posesión de toda mi persona, de todo mi ser: para que yo tenga tus mismos sentimientos, intereses, deseos y acciones. Que ya no viva yo, sino que tú vivas en mí. Renuncio a dirigir mi vida al margen de ti o contra la voluntad del Padre. Renuncio al pecado y a todas las acciones, promesas y mentiras del espíritu malo. Renuncio a mi personalidad pecadora, al hombre viejo.

Por el contrario, quiero ser una criatura nueva. En ti, Señor Jesús, seré una persona diferente, completamente nueva. Estoy seguro que eso tú lo puedes hacer porque el Padre te ha hecho Salvador.

Ayer, Señor Jesús, tu Espíritu me capacitaba para imitar al Padre Dios que hace brillar el sol sobre justos e injustos. Aprendí a perdonar y a olvidar las ofensas hasta renunciar a toda venganza. Hoy, Señor, tu Espíritu me sugiere que colabore contigo en la salvación del mundo. Quiero continuar tu obra para llevar muchos hermanos a la gloria, para que la casa del Padre se llene de invitados. Para que tus desposorios, Señor Jesús, con la humanidad alcancen a todos los hombres.

Finalmente, sé que has tomado en serio esta declaración de fe y de amor hacia ti, Señor Jesús. Querría hacerla con mayor convicción. Pero tú comprendes mi debilidad y sabes valorar mis esfuerzos. Por eso, te confieso y te proclamo como mi Salvador, mi único Salvador, Dueño de mi vida y de todas mis cosas. No quiere ya ser esclavo de nada ni de nadie sino sólo de ti; y por ti y en ti, esclavo de todos. Lléname de tu Espíritu para realizar las obras que el Padre espera. Amén.

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La fe de María sostiene a toda la Iglesia

mayo 23, 2012

María nos acompaña en los sufrimientos y las penas de cada día



Cardenal Christoph Schönborn fomenta el rezo del santo rosario


Por Salvatore Cernuzio (Zenit) y Massimiliano Menichetti (Radio Vaticano)


ROMA, Jueves 17 mayo 2012 (ZENIT.org).- La fe de María sostiene a toda la Iglesia. Este fue el corazón de la homilía del cardenal Christoph Schönborn, Arzobispo de Viena y presidente de la Conferencia Episcopal de Austria, en sus palabras en honor de la Virgen de Fátima, peregrina en la parroquia romana de ‘Santa Maria delle Grazie alle Fornaci’, adonde llegaron también las reliquias de los beatos Francisco y Jacinta.
El purpurado subrayó la centralidad de la Madre de Dios en nuestra vida y en la vida del hombre, especialmente en este mes mariano. Concluida la ceremonia, el cardenal Schönborn concedió en exclusiva una entrevista a ZENIT y a Radio Vaticano.

Eminencia, en este momento en el cual Europa vive una crisis económica y el hecho de la secularización, ¿qué podemos aprender del ejemplo de María?

– Card. Schönborn: Me impresiona siempre la fe que tenía la Virgen en su vida cotidiana, porque corremos el riesgo de olvidarnos que la mayor parte de la misma la pasó oculta en Nazaret. La vida con san José y con su hijo Jesús, fue una vida cotidiana como la nuestra, una vida laboral con las respectivas dificultades: él debía comprar la madera, hacer contratos, pagar a sus colaboradores, etc.

Además se daban las dificultades creadas por la ocupación romana del territorio: una situación de injusticia, de pobreza, de persecución y de opresión. En medio a todo esto estaba el Hijo de Dios mismo, el hijo de María, para todos nosotros. Concretamente en la vida cotidiana, María nos acompaña durante los sufrimientos y las penas. Lo que es grande en ella es su fe sin sombra de duda. Pienso que este sea el mensaje central.

También en los santuarios marianos…, ¿qué es lo que aprendemos de Lourdes, Fátima y en otros lugares conocidos?

– Card. Schönborn: Que la Virgen siempre se dirige a personas simples. Bernardette no sabía leer ni escribir, era analfabeta. Los niños de Fátima son los que transmitieron el mensaje de la Virgen y fueron llamados a ser apóstoles. Es una buena lección para nosotros, que estamos llenos de orgullo debido al éxito, al progreso o a la riqueza. Ahora la situación de crisis que se vive, puede servir para permitirnos ver cuáles son los verdaderos valores.

Los miles de peregrinos que van a los santuarios marianos, ¿son una reafirmación de que hay motivos de esperanza?

– Card. Schönborn: Absolutamente sí, hay esperanza, porque la esperanza es la virtud que nos ancla en Dios, así como en las palabras de san Pablo: “Se espera contra toda esperanza”. La esperanza humana es una cosa bella, pero la esperanza de la fe es aún más grande; y si hay esperanza es porque está Dios.

Mirando hacia la Virgen de Fátima, usted mencionó que “en la fe de María sobrevivió toda la Iglesia” ¿Puede explicarnos esto mejor?

– Card. Schönborn: Sin fe la Iglesia no existe. En la noche del sábado santo todos estaban envueltos en las tinieblas debido al aparente fracaso. Solamente la Virgen -nos indica la tradición-, mantuvo la fe. Pensemos en los sufrimientos terribles de la muerte real de su hijo. En la fe que ella tuvo, toda la iglesia sobrevivió y sobrevivirá siempre en la fe.

Benedicto XVI exhortó en una audiencia a los jóvenes a no abandonar el rezo del rosario, en cuanto es una oración simple pero eficaz para un diálogo con María… ¿Cuán importante es el rosario?

– Card. Schönborn: Para mí, el rosario es la oración de los pobres, porque cuando uno se siente cansado, exhausto, al sujetarlo en la mano uno se siente siempre seguro. Me impacta cada vez que se reza el Ave María: “ahora y en la hora de nuestra muerte”. “Ahora”: siempre. Y ahora en mi vida, está María. Algunos decían: “Ah, estas mujeres ancianas que rezan el rosario”.

Esto se decía ya en mi juventud, pero las veo aún hoy: ¡y no son las viejas de hace 50 años atrás, son las viejas de hoy y siguen rezando! Porque quien desprecia a las ancianas que rezan, no entendió nada del evangelio.

Eminencia, para concluir ¿Qué mensaje puede dar sobre la Iglesia en su país?

– Card. Schönborn: Un pequeño mensaje sobre la Iglesia en Austria. En los medios de comunicación hay una imagen unilateral. Es verdad que existen protestas, pero hay mucha fe. Pienso por ejemplo en los numerosos grupos de oración compuestos por jóvenes -de lo que no se habla-, y podría dar una larga lista. ¡Cuántos grupos de oración existen! Por ello quiero transmitir la otra versión, quiero que todos sepan que nuestra Iglesia está viva.


Recemos el rosario con el corazón y no de modo mecánico

mayo 21, 2012

El Santo Rosario, una forma de oración y también de meditación


Entrevista al cardenal Prosper Grech, OSA

Por Salvatore Cernuzio

ROMA, viernes 18 mayo 2012 (ZENIT.org).- “¿Tienen presente las dos fontanas con dos niveles que están en la Plaza de San Pedro? Aquellas en donde el agua moja el primer nivel y después baja al segundo? Así es la gracia de María: sobreabunda en Ella y después llega a nosotros”.

Este es uno de los significativos ejemplos que el cardenal agustino maltés, Prosper Grech, utilizó en la misa que celebró este miércoles 16 en la iglesia de ‘Santa María de la Gracia en Fornaci’, donde ha sido recibida la imagen de la Virgen de Fátima, que permanecerá hasta el 20 de mayo junto a las reliquias de los beatos Francisco y Jacinta.

El miércoles fue la jornada dedicada a los enfermos y a las personas que sufren. Al concluir su homilía, toda centrada en la oración del Ave María, el purpurado distribuyó el aceite sagrado para la unción de los enfermos, a los numerosos fieles enfermos que llegaron a la iglesia para venerar a la imagen peregrina.

“María es salud de los enfermos”, recordó el cardenal en su meditación. “Ella nos da la fuerza de soportar el sufrimiento y los males”; y al recordar la importancia de la oración invitó a los fieles a “no abandonarla en este mes mariano”, porque la Virgen “es la vía segura que lleva a Cristo, refugio seguro hacia la salvación”.

Entrevistado por ZENIT el cardenal explicó que “depende de nuestra fe” creer en el poder de intercesión de María y por lo tanto de la eficacia de la oración. “Se puede rezar a María sin fe -dijo-, y Ella en su misericordia puede también escucharnos”. Si bien solamente “a través de una relación personal con Cristo y después con su Madre” se puede llegar a “una oración que sale del corazón y que responde con el corazón de María”.

“¿Cuántas ‘Ave María’ hemos rezado en nuestra vida? se preguntó el purpurado que respondió: “Miles, yo creo, y ¿qué es lo que rezamos? Ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”. “María en aquel último momento -explicó-, nos toma por la mano, no solamente para confortarnos, sino para darnos la fe, para hacer ese salto hacia los brazos de Cristo, de manera que Ella nos presente a Jesús, y Jesús al Padre”. Y añadió que “la penitencia, el ayuno y la oración son las vías concretas de salvación indicadas por María”.

Durante la entrevista a ZENIT reafirmó dicho concepto: “Jesús ha predicado en el evangelio la penitencia por todos nuestros pecados, para así poder entrar en el Reino de Dios. Por ello su Madre nos invita en cada aparición a la confesión, como un acto de verdadera y sincera contrición, así como también a la oración”.

La oración en particular es un acto fundamental de la vida del cristiano, especialmente cuando va dirigida a la Virgen: “Lo que no osamos pedir al Padre o por miedo o por falta de fe -dijo-, lo ponemos en las manos de nuestra mamá”.

El purpurado añadió que por ese motivo Ella diversas veces “nos indicó el rosario como un instrumento fuerte en las manos del cristiano, instrumento al cual es necesario retornar. Una vía no solamente de oración, sino también de meditación”.

En el tercer misterio glorioso por ejemplo, decimos: el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles… Padre Nuestro… Ave María.. etc. ¿Pero qué significado tiene esto para nosotros? ¿Estamos realmente reflexionando sobre el hecho de que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, sobre la Iglesia y por lo tanto sobre mí? Es necesario entrar plenamente en el significado de estas palabras”, indicó.

A la pregunta sobre el significado del mes mariano, tiempo de gracia en el cual florecen tantas iniciativas que llevan o elevan el corazón a María, el cardenal Grech respondió que se trata de “un tiempo rico de oportunidades para nosotros, porque se descubre la devoción por la Madre de Dios que en la iglesia católica empezó desde el inicio, y seguirá siempre en cuanto está íntimamente unida al Señor”.

Al concluir, el alto prelado dedicó un pensamiento hacia los enfermos y personas que sufren, y que tuvieron el miércoles una jornada dedicada a ellos: “En mi escudo cardenalicio están escritas las palabras “In te, Domine, speravi” y naturalmente “non confundar in aeternum”. O sea, “Oh Dios, espero en ti, y a Ti me confío para no perderme para siempre”. Esta debería ser nuestra oración continua. Confiemos nuestra oración a María, la Madre, para que la ofrezca a Jesús”, concluyó.

Traducido por Sergio H. Mora


Maná y Vivencias Pascuales (40)

mayo 17, 2012

Jueves de la 6ª semana de Pascua

No se ausenten de Jerusalén hasta que reciban el Espíritu Santo

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¡PENTECOSTÉS A LA VISTA!

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COMIENZA EL DECENARIO

DEL ESPÍRITU SANTO

¡VIDA EN ABUNDANCIA!

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Sal 67, 8-9.20; 1era lectura: Hch 18, 1-8; Salmo: 97, 1-4; Aleluya: Jn 14,18; Evangelio: Jn 16, 16-20; Comunión: Mt 28, 20.

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ANTIFONA DE ENTRADA

Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo, y acampabas con ellos y llevabas sus cargas, la tierra tembló, el cielo destiló. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Oh Dios, que nos haces partícipes de la redención, concédenos vivir siempre la alegría de la resurrección de tu Hijo. Que vive y reina contigo.

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PRIMERA LECTURA: Hch 18, 1-8

En aquellos días, Pablo se marchó de Atenas y se fue a Corinto. Allí se encontró con un judío llamado Aquila, natural del Ponto, que acababa de llegar de Italia con su esposa Priscila, a consecuencia de un decreto del emperador Claudio; porque todos los judíos habían recibido la orden de abandonar Roma.

Pablo se acercó a ellos pues eran del mismo oficio y se dedicaban a fabricar tiendas. Y se quedó a vivir y a trabajar con ellos. Todos los sábados Pablo entablaba discusiones en la sinagoga, tratando de convencer tanto a los judíos como a los griegos.

Al llegar de Macedonia Silas y Timoteo, Pablo se dedicó por entero a la Palabra, y aseguraba a los judíos que Jesús era el Mesías. Como se oponían y le respondían con insultos, se sacudió el polvo de sus vestidos mientras les decía: Nada tengo ya que ver con lo que les suceda; ustedes son los únicos responsables. En adelante me dirigiré a los paganos.

Pablo cambió de lugar y se fue a la casa de un tal Tito Justo, de los que temen a Dios, que estaba pegada a la sinagoga. Crispo, uno de los dirigentes de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su familia, y de los corintios que escuchaban a Pablo, muchos creían y se hacían bautizar.

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SALMO 97, 1-4

Entonen al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas, su diestra le ha dado la victoria, su santo s brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia, se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Todos, hasta los confines del mundo, han visto la victoria de nuestro Dios.

¡Aclama al Señor, tierra entera; estallen en gritos de alegría!

ALELUYA: Jn 14, 18

No los dejaré huérfanos, dice el Señor; me voy y vuelvo a su lado, y se alegrará su corazón.

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EVANGELIO: Jn 16, 16-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Dentro de poco ya no me verán, pero después de otro poco me volverán a ver. Algunos discípulos se preguntaban: ¿Qué querrá decir con eso: “Dentro de poco ya no me verán y después de otro poco me volverán a ver”? ¿Y qué significa: “Me voy al Padre”? Y se preguntaban: ¿A qué se refiere ese “dentro de poco”? No entendemos lo que quiere decir.

Jesús se dio cuenta de que querían preguntarle y les dijo: Ustedes andan discutiendo sobre lo que les dije: “Dentro de poco tiempo no me verán y después de otro poco me volverán a ver” En verdad les digo que llorarán y se lamentarán, mientras que el mundo se alegrará. Ustedes estarán apenados, pero su tristeza se convertirá en gozo.

COMUNIÓN: Mt 28, 20

Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

Estimados amigos, estamos entrando en la recta final del tiempo pascual. Ya llevamos cuarenta días celebrando la resurrección de Cristo. En efecto, a los cuarenta días, el Resucitado asciende a los cielos. Tradicionalmente se celebraba en este jueves la Ascensión del Señor. Ahora la celebramos el domingo próximo.

Jesús ha encomendado a los apóstoles predicar el evangelio a todas las naciones, pues se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Pero antes de salir a evangelizar deben ser capacitados para tal misión: No se ausenten de Jerusalén, les dice Jesús, hasta que reciban el Espíritu Santo. Por eso los apóstoles y discípulos se reunieron junto a María la madre de Jesús, y permanecieron unidos en oración esperando la venida del Espíritu.

Esta espera de diez días constituye la primera oración de la Iglesia que se prepara, durante diez días, para una gran fiesta, un gran acontecimiento salvífico: la efusión del Espíritu y el consiguiente nacimiento de la Iglesia en el día de Pentecostés. Ese tiempo de oración constituye la primera “novena” de la historia de la Iglesia, podríamos decir.

Nosotros, por nuestra parte, hemos tratado de vivir con paciencia y perseverancia, día a día, la ascesis cuaresmal y la alegría pascual. Ahora notamos que lo sembrado está dando frutos. Pero aún no ha culminado este tiempo santo. Debemos continuar abiertos a la acción del Señor.

Por eso, me ha parecido muy conveniente ofrecerles, a partir de hoy, un Decenario al Espíritu Santo. Mediante este ejercicio piadoso queremos sentir con mayor intensidad la fuerza del Espíritu recibido en el bautismo.

La experiencia pascual de los apóstoles estuvo sazonada constantemente por la presencia del Espíritu: antes de Pentecostés, durante Pentecostés y después del mismo. Nosotros también queremos permanecer los próximos días junto a María esperando una nueva efusión del Poder de lo alto en nuestras vidas.

Entremos, pues, con decisión y alegría en el cenáculo de oración donde la Iglesia de Jesús presidida por María y los apóstoles espera la irrupción de Pentecostés. ¡Qué mejor oración que un decenario al Espíritu para disponernos a recibir la vida en abundancia que nos regala el Padre a través del Hijo Resucitado mediante la acción del Espíritu Santo!

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ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

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DÍA PRIMERO

Los Hechos de los Apóstoles, al narrarnos los acontecimientos de aquel día de Pentecostés en el que el Espíritu Santo descendió en forma de lenguas de fuego sobre los discípulos de nuestro Señor, nos hacen asistir a la gran manifestación del poder de Dios, con el que la Iglesia inició su camino entre las naciones.

Los discípulos, que ya eran testigos de la gloria del Resucitado, experimentaron en sí la fuerza del Espíritu Santo: sus inteligencias y sus corazones se abrieron a una luz nueva. El Espíritu Santo, que es espíritu de fortaleza, los ha hecho firmes, seguros, audaces.

Oh Dios, tú que al principio creaste el cielo y la tierra y, al llegar el momento culminante, recapitulaste en Cristo todas las cosas, por tu Espíritu renueva la faz de la tierra y conduce a los hombres a la salvación.

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ORACIÓN FINAL

Ven Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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«Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él»

mayo 16, 2012

También yo, desde el primer momento de mi elección a Sucesor de san Pedro, siempre me he sentido sostenido por vuestra oración



Catequesis de S. S. Benedicto XVI en la Audiencia General del miércoles 9 de mayo de 2012


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quiero reflexionar sobre el último episodio de la vida de san Pedro narrado en los Hechos de los Apóstoles: su encarcelamiento por orden de Herodes Agripa y su liberación por la intervención prodigiosa del ángel del Señor, en la víspera de su proceso en Jerusalén (cf. Hch 12, 1-17).

El relato está marcado, una vez más, por la oración de la Iglesia. De hecho, san Lucas escribe: «Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12, 5). Y, después de salir milagrosamente de la cárcel, con ocasión de su visita a la casa de María, la madre de Juan llamado Marcos, se afirma que «había muchos reunidos en oración» (Hch 12, 12).

Entre estas dos importantes anotaciones que explican la actitud de la comunidad cristiana frente al peligro y a la persecución, se narra la detención y la liberación de Pedro, que comprende toda la noche. La fuerza de la oración incesante de la Iglesia se eleva a Dios y el Señor escucha y realiza una liberación inimaginable e inesperada, enviando a su ángel.

El relato alude a los grandes elementos de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, la Pascua judía. Como sucedió en aquel acontecimiento fundamental, también aquí realiza la acción principal el ángel del Señor que libera a Pedro. Y las acciones mismas del Apóstol —al que se le pide que se levante deprisa, que se ponga el cinturón y que se envuelva en el manto— reproducen las del pueblo elegido en la noche de la liberación por intervención de Dios, cuando fue invitado a comer deprisa el cordero con la cintura ceñida, las sandalias en los pies y un bastón en la mano, listo para salir del país (cf. Ex 12, 11). Así Pedro puede exclamar: «Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes» (Hch 12, 11).

Pero el ángel no sólo recuerda al de la liberación de Israel de Egipto, sino también al de la Resurrección de Cristo. De hecho, los Hechos de los Apóstoles narran: «De repente se presentó el ángel del Señor y se iluminó la celda. Tocando a Pedro en el costado, lo despertó» (Hch 12, 7). La luz que llena la celda de la prisión, la acción misma de despertar al Apóstol, remiten a la luz liberadora de la Pascua del Señor que vence las tinieblas de la noche y del mal.

Por último, la invitación: «Envuélvete en el manto y sígueme» (Hch 12, 8), hace resonar en el corazón las palabras de la llamada inicial de Jesús (cf. Mc 1, 17), repetida después de la Resurrección junto al lago de Tiberíades, donde el Señor dice dos veces a Pedro: «Sígueme» (Jn 21, 19.22). Es una invitación apremiante al seguimiento: sólo saliendo de sí mismos para ponerse en camino con el Señor y hacer su voluntad, se vive la verdadera libertad.

Quiero subrayar también otro aspecto de la actitud de Pedro en la cárcel: de hecho, notamos que, mientras la comunidad cristiana ora con insistencia por él, Pedro «estaba durmiendo» (Hch 12, 6). En una situación tan crítica y de serio peligro, es una actitud que puede parecer extraña, pero que en cambio denota tranquilidad y confianza; se fía de Dios, sabe que está rodeado por la solidaridad y la oración de los suyos, y se abandona totalmente en las manos del Señor.

Así debe ser nuestra oración: asidua, solidaria con los demás, plenamente confiada en Dios, que nos conoce en lo más íntimo y cuida de nosotros de manera que —dice Jesús— «hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo» (Mt 10, 30-31). Pedro vive la noche de la prisión y de la liberación de la cárcel como un momento de su seguimiento del Señor, que vence las tinieblas de la noche y libra de la esclavitud de las cadenas y del peligro de muerte.

Su liberación es prodigiosa, marcada por varios pasos descritos esmeradamente: guiado por el ángel, a pesar de la vigilancia de los guardias, atraviesa la primera y la segunda guardia, hasta el portón de hierro que daba a la ciudad, el cual se abre solo ante ellos (cf. Hch 12, 10).

Pedro y el ángel del Señor avanzan juntos un tramo del camino hasta que, vuelto en sí, el Apóstol se da cuenta de que el Señor lo ha liberado realmente y, después de reflexionar, se dirige a la casa de María, la madre de Marcos, donde muchos de los discípulos se hallan reunidos en oración; una vez más la respuesta de la comunidad a la dificultad y al peligro es ponerse en manos de Dios, intensificar la relación con él.

Aquí me parece útil recordar otra situación no fácil que vivió la comunidad cristiana de los orígenes. Nos habla de ella Santiago en su Carta. Es una comunidad en crisis, en dificultad, no tanto por las persecuciones, cuanto porque en su seno existen celos y disputas (cf. St 3, 14-16).

Y el Apóstol se pregunta el porqué de esta situación. Encuentra dos motivos principales: el primero es el dejarse dominar por las pasiones, por la dictadura de sus deseos de placer, de su egoísmo (cf. St 4, 1-2a); el segundo es la falta de oración —«no pedís» (St 4, 2b)— o la presencia de una oración que no se puede definir como tal –«pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones» (St 4, 3).

Esta situación cambiaría, según Santiago, si la comunidad unida hablara con Dios, si orara realmente de modo asiduo y unánime. Incluso hablar sobre Dios, de hecho, corre el riesgo de perder su fuerza interior y el testimonio se desvirtúa si no están animados, sostenidos y acompañados por la oración, por la continuidad de un diálogo vivo con el Señor.

Una advertencia importante también para nosotros y para nuestras comunidades, sea para las pequeñas, como la familia, sea para las más grandes, como la parroquia, la diócesis o la Iglesia entera. Y me hace pensar que oraban en esta comunidad de Santiago, pero oraban mal, sólo por sus propias pasiones. Debemos aprender siempre de nuevo a orar bien, orar realmente, orientarse hacia Dios y no hacia el propio bien.

La comunidad, en cambio, que acompaña a Pedro mientras se halla en la cárcel, es una comunidad que ora verdaderamente, durante toda la noche, unida. Y es una alegría incontenible la que invade el corazón de todos cuando el Apóstol llama inesperadamente a la puerta. Son la alegría y el asombro ante la acción de Dios que escucha. Así, la Iglesia eleva su oración por Pedro; y a la Iglesia vuelve él para narrar «cómo el Señor lo sacó de la cárcel» (Hch 12, 17).

En aquella Iglesia en la que está puesto como roca (cf. Mt 16, 18), Pedro narra su «Pascua» de liberación: experimenta que en seguir a Jesús está la verdadera libertad, que nos envuelve la luz deslumbrante de la Resurrección y por esto se puede testimoniar hasta el martirio que el Señor es el Resucitado y «realmente el Señor ha mandado a su ángel para librarlo de las manos de Herodes» (cf. Hch 12, 11).

El martirio que sufrirá después en Roma lo unirá definitivamente a Cristo, que le había dicho: cuando seas viejo, otro te llevará adonde no quieras, para indicar con qué muerte iba a dar gloria a Dios (cf. Jn 21, 18-19).

Queridos hermanos y hermanas, el episodio de la liberación de Pedro narrado por san Lucas nos dice que la Iglesia, cada uno de nosotros, atraviesa la noche de la prueba, pero lo que nos sostiene es la vigilancia incesante de la oración.

También yo, desde el primer momento de mi elección como Sucesor de san Pedro, siempre me he sentido sostenido por vuestra oración, por la oración de la Iglesia, sobre todo en los momentos más difíciles. Lo agradezco de corazón.

Con la oración constante y confiada el Señor nos libra de las cadenas, nos guía para atravesar cualquier noche de prisión que pueda atenazar nuestro corazón, nos da la serenidad del corazón para afrontar las dificultades de la vida, incluso el rechazo, la oposición y la persecución.

El episodio de Pedro muestra esta fuerza de la oración. Y el Apóstol, aunque esté en cadenas, se siente tranquilo, con la certeza de que nunca está solo: la comunidad está orando por él, el Señor está cerca de él; más aún, sabe que «la fuerza de Cristo se manifiesta plenamente en la debilidad» (2 Co 12, 9).

La oración constante y unánime es un instrumento valioso también para superar las pruebas que puedan surgir en el camino de la vida, porque el estar unidos a Dios es lo que nos permite estar también profundamente unidos los unos a los otros. Gracias.

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La impactante conversión de Fabio McNamara, icono de la movida: «Soy un milagro viviente»

mayo 11, 2012

La vida nueva de Fabio McNamara


«No es bueno que Dios esté solo» recogió el testimonio de su adiós a la droga y al diablo. Hoy valora por encima de todo estar en gracia de Dios.


Este domingo, fiel a su cita de las 21.30 en Intereconomía TV, No es bueno que Dios esté solo abrió con unas imágenes de hace más de treinta años: Fabio McNamara y Pedro Almodóvar provocaban desde un escenario, con aire travestido, animando una de las noches desatadas de la movida madrileña de los ochenta.

En la siguiente escena, Fabio, frisando ya los 55, abre la puerta a Gonzalo Altozano en el estudio donde vive hoy dedicado a la pintura (religiosa y profana por igual), para explicarle cómo se convirtió y cómo es su vida presente de amistad con Dios.

“La belleza real del rostro de Jesús nunca se ha podido plasmar, pero quiero conseguirlo alguna vez”, explica para introducirnos en la abundancia de sus  cuadros de Cristo y de la Virgen: “Yo hago arte, y el arte que yo tengo me lo da Dios, porque antes de pintar pido a Jesucristo y a la Virgen que me bendigan y me concedan imaginación”. “El arte viene de Dios, porque la belleza la ha creado Dios“, concluye.

Su lucidez es tan absoluta que habla de religión con la precisión conceptual y terminológica de un teólogo, pero se le aprecia muy castigado físicamente por sus años en el infierno de las drogas: “Estuve, no perdido, sino perdidísimo, cuatro veces ingresado, dos veces a punto de morir a causa de tres enfermedades crónicas incurables. Soy un milagro viviente“.

Un milagro que tiene una explicación: las oraciones de su madre. “Le decía al padre Molina: tengo un hijo que no tiene solución, está metidísimo en la droga. Y el padre le decía: usted rece por él, que ya caerá. Y caí. La oración todo lo puede”, cuenta. Y cuando Altozano le pregunta qué es la conversión, lo tiene claro: “Es un regalo que da Dios a quien Él quiere, pero también a quien se la trabaja. ¿Por qué unos sí y otros no…? Yo soy una criatura suya, pero sus designios no los conozco”.

Fabio es un habitual del popular oratorio de Caballero de Gracia, en la Gran Vía madrileña, donde Don Máximo es su confesor: ”Debo ser muy bueno, porque me perdona siempre”, bromea. Allí hace una hora diaria de adoración al Santísimo, reza el rosario y oye misa y comulga: “De rodillas y en la boca, como debe ser“.

Y está apegado a esa iglesia por razones que duda si contar o no: “Es una cosa un poquito fuerte”. Vacila, pero al final vuelca el mal recuerdo de una vida que considera que entregaba a Satanás, porque “estaba sin el Señor, es decir, con el diablo; no hay término medio”: “Allí delante paraban los coches donde se compraba droga. Iba a comprarla, veía la iglesia, y a veces entraba un minuto para rezar y decirle al Señor: Por favor, sácame de este infierno“.


En gracia de Dios

Para el antiguo compañero de aventuras de Alaska o Almodóvar en los tiempos de Rockola, la vida tiene hoy un sentido muy diferente: estar en gracia de Dios. “Por estar en gracia de Dios hago lo que sea, aunque sea revolcarme en un suelo regado de cristales rotos. Estar en gracia de Dios es saber para qué estamos aquí, que esta vida tiene un sentido. Es ser feliz, encontrar el amor puro y tener la seguridad de que no nos vamos a ir al infierno eternamente”.

McNamara insiste mucho en esta verdad, y censura que algunos sacerdotes nunca les recuerden a sus fieles “que no todo el mundo se salva, y que el infierno está ahí”: ”Hay que decirle a la gente la verdad“.

Cuando Fabio comulga, es el mejor momento del día: ”La comunión es Dios que se te mete dentro de ti, el acto más sublime, grandioso y trascendental que puede hacer el hombre… pero para eso tiene que estar en gracia. Lo más importante del mundo es estar en gracia de Dios”.

Y añade una hermosa reflexión espiritual, razón de ser del doble amor que inspira su pincel: ”Al comulgar recibimos también a María, porque Jesucristo tiene la misma sangre que la Virgen”.



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¡Reza regularmente con tus amigos! Serás feliz y crecerá la Iglesia, dicen los sociólogos

mayo 3, 2012

Rezar unos por otros


Un estudio sociológico muestra que compartir experiencias religiosas con amigos da felicidad; pero ¿tenemos amigos en misa?

¿Hacen algo las parroquias para que los tengamos?

Cuando usted va a misa, ¿cuántos de los que hay allí son de verdad amigos, gente a la que conoce bien, con la que hace cosas y lo pasa bien? ¿Hasta qué punto puede usted decir que comparte con ellos una experiencia espiritual (no sólo una fe o un hábito)?

Ésas son las claves para que la práctica religiosa aporte felicidad, bienestar y beneficios sociológicamente medibles.

No basta con declararse vagamente “creyente”. Ni siquiera con ser realmente practicante, asiduo en la parroquia, o con rezar cada día. Según los estudios de Robert D. Putnam, un especialista de Harvard sobre relaciones de amistad y felicidad, estas cosas nos dan más felicidad que quedarse en casa o ser ateo o agnóstico. Lo explica, con su colega Chaeyoon Lim, sociólogo de la Universidad de Wisconsin-Madison, en la American Sociological Review.

Regularidad y amistad

Lo que de verdad da mayor felicidad, explican, es ser comprometido con la comunidad religiosa y rezar (o adorar, o celebrar) regularmente con amigos.

Eso da más felicidad que, por ejemplo, quedar con amigos (aunque sean creyentes) para ir al cine o al fútbol.

Y cuantos más amigos se tenga con los que se comparten experiencias religiosas, más felicidad, según el estudio.

Ir a misa, o a la sinagoga, o al rezo del Rosario, con personas que son simplemente conocidos o hermanos en la fe, no cumple esta función. Han de ser amigos. Y tampoco vale el quedar para realizar tareas, dar clases de catequesis, limpiar los locales, preparar un acto… ha de ser una actividad espiritual. Y hay que compartirla.

Por ejemplo, es eficaz ir a misa con los amigos (y después, con ellos, para afianzar la amistad, tomarse un refresco, charlar, pasar el día…). Es eficaz rezar unos por otros, presencialmente, o darse el signo de la paz, o quedar diaria o semanalmente para la Adoración, o el Rosario… siempre que haya un espacio para la amistad real.

La frase que usa Robert Putnam es “encuentros regulares y experiencias religiosas con amigos de la congregación”.

Los católicos lo hacen mal

Pero en las grandes ciudades de Occidente (sobre todo en Europa y EEUU), esto son malas noticias para los católicos porque ¿quién va a misa con sus amigos? ¿Y quién hace realmente amistades en misa? Y, fuera de misa, ¿organizan algo las parroquias para crear amistades?

Los nuevos movimientos eclesiales encontrarían aquí una de sus fuerzas: ellos sí juntan personas, fomentan la amistad entre ellas, y les hacen compartir experiencias religiosas. Eso, aplicado en dosis regulares (un grupo semanal de oración y amistad, por ejemplo) crea felicidad. Y con esa felicidad llegan: disponibilidad, servicio, comunidad, estabilidad, fidelidad, etc…

Por el contrario, la gente que va a misa a la parroquia no lo hace con sus amigos. Si tienen amigos católicos, éstos van a otras parroquias o a otras horas. Los jóvenes hacen amistades con otros jóvenes, pero los jóvenes de una parroquia que acuden al curso de Confirmación sin ser verdaderamente amigos, no se sentirán felices… y dejarán la parroquia en cuanto puedan. 

En la parroquia media, el católico se encuentra con algunos conocidos de vista y muchísimos desconocidos: y no hay nada establecido para lograr que se hagan amigos. Y cuantos más asistentes, más anonimato.

Dividir en grupos pequeños ayuda

En EEUU, la parroquia típica católica tiene diez veces más asistentes por servicio que las parroquias protestantes: congregaciones más pequeñas y muchas actividades además del culto, hacen que los protestantes empleen mejor el factor rezar-con-amigos. Incluso en las megaiglesias evangélicas de 30.000 ó 40.000 feligreses, se ofrece un solo culto al que vienen todos juntos, pero luego se organizan actividades en grupos pequeños estables.

En cambio, las familias católicas van un día a misa de una y otro a misa de siete, según sus planes de ese domingo, sin fidelizarse en un grupo ni hacer amistades.

Robert Putnam declaró, medio en broma, “los pastores y sacerdotes deben dedicar menos tiempo a preparar sus sermones y más a organizar cenas de parroquia”. A lo que Steven Greydanus, un presbiteriano converso al catolicismo hace años, crítico de cine de Christianity Today, responde en su blog: “¿cenas de parroquia? ¿Cuándo fue la última vez que hubo algo así en su parroquia?”

En España: ¿mucha amistad, poco rezar?

En España, donde la gente es bastante sociable pero muy vergonzosa en las cosas de la fe y en la oración pública, muchos dirán que en las parroquias hay bastante amistad, pero poca experiencia religiosa compartida. Las cenas, excursiones y amistades, si no incluyen oración regular conjunta, con amigos, no funcionarán para mejorar los índices de felicidad. La oración estable y regular, si no hay amistades, tampoco sirve.

A unos párrocos se les da mal fomentar amistades entre sus feligreses. A otros se les da mal fomentar la oración regular. Si no se dan ambas cosas, la parroquia se limita a ser una expendedora de servicios a individuos que cumplen los preceptos, pero no reciben gratificación en forma de felicidad.

Putnam y Chaeyoon Lim insisten en que un grupo de creyentes amigos que se reúnen regularmente a compartir la fe y el culto obtienen mucha más felicidad que los ateos o agnósticos, por amigos que sean, que se reúnan a compartir fútbol, o póker o excursiones al campo.

Pero si no son creyentes, o no son amigos, o no se reunen regularmente o no lo hacen para una experiencia religiosa, no obtendrán los beneficios mencionados.

Los que lo hacen bien

No sólo los nuevos movimientos eclesiales insisten en los grupos pequeños o medianos de amistad. Los Scouts, los grupos de Curso Alpha, las células parroquiales de evangelización, las comunidades de alianza… todos estos métodos de evangelización usan grupos pequeños que comparten amistad y oración grupal.

La pregunta que cualquier párroco debería hacerse es “¿cuántos de los feligreses que veo en misa el fin de semana forman parte de un grupo pequeño de amigos que comparten una experiencia espiritual?” Porque los que no lo hacen, a medio plazo, no sintiéndose felices, tenderán a ir desapareciendo.

Por el contrario, a los felices se les notará, y serán contagiosos y atraerán a otras personas.

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Domingo del Buen Pastor: ‘Tú sabes que te quiero’. Mons. Demetrio Fdez.

mayo 2, 2012

El amor de Dios suscita amor y provoca respuestas de amor


Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

Carta Pastoral de Mons. Demetrio Fernández
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+Demetrio Fernández

CÓRDOBA, viernes 27 abril 2012 (ZENIT.org).- Ofrecemos la carta pastoral del obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, con motivo de la celebración del domingo del Buen Pastor, jornada que la Iglesia dedica a la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones.

El domingo IV de Pascua es el domingo del Buen Pastor. Aparece Jesús como el pastor que da la vida por sus ovejas, por cada uno de nosotros. El pastor que conoce a cada uno por su nombre, que nos cuida. En contraposición a los malos pastores que se aprovechan de las ovejas, que huyen cuando viene el lobo, que no les importan las ovejas.

Coincidiendo con este domingo celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones con el lema: “Las vocaciones, don de la Caridad de Dios”. La oración por las vocaciones de especial consagración es una intención que hemos de tener constantemente presente, porque se trata de una necesidad primaria de la Iglesia, pero en la Jornada anual tenemos ocasión de reflexionar detenidamente sobre este aspecto de la vida de la Iglesia.

Necesitamos muchas vocaciones de especial consagración: en la vida contemplativa, monjes y monjas; en la vida apostólica del trabajo parroquial, de la atención a los necesitados de tantas carencias, de la tarea educativa, de la beneficencia; en la vida consagrada dentro del mundo, como son los institutos seculares y las vírgenes consagradas. Las vocaciones de especial consagración son el buen olor de Cristo, un perfume de alta calidad, que transparenta la belleza del Evangelio y de la vida cristiana.

La vocación es un don de Dios, porque es Dios el que llama, tocando el corazón y atrayendo suavemente como Él sabe hacerlo. No violenta la libertad, sino que la sana para que pueda ser más libre en su respuesta. La vocación se cuece en el santuario de la conciencia donde Dios hace sentir su llamada y produce el atractivo de seguirle.

La vocación es también respuesta de la libertad humana, es mérito de la persona humana que arriesga su vida, entregándola a Dios para el servicio de los hermanos.

Pero al mismo tiempo, la vocación es un don que se gesta en la Comunidad, en la Iglesia. Probablemente, los llamados hoy no percibirían la llamada, si no conocieran otras llamadas y respuestas en personas que han respondido anteriormente.

En esto, como en todos los misterios de la fe, la transmisión se realiza por vía de testimonio. La vocación también se contagia, y Dios se sirve para llamar a nuevas vocaciones por la mediación de otros que han sido llamados y han respondido generosamente.

Es la Iglesia la que engendra y alimenta estas vocaciones, y dentro de ella las comunidades cristianas en las que se vive el Evangelio. Allí donde hay una comunidad viva, en el propio hogar, en la parroquia, en los grupos, movimientos y nuevas realidades eclesiales, allí brotan vocaciones.

En nuestro viejo continente europeo, también. Hay vocaciones, Dios sigue llamando, aunque notamos la escasez en muchos ámbitos.

La Jornada mundial de oración por las vocaciones nos lleva a esperar que se produzca un nuevo pentecostés y muchos jóvenes se sientan atraídos por esta manera de vivir el Evangelio en su más pura esencia. La JMJ del pasado agosto en Madrid fue una ocasión propicia para sentir esta llamada, que debe ser acompañada por la oración de toda la Iglesia

La vocación es fruto del amor de Dios, de la Caridad de Dios para con los hombres. El amor de Dios suscita amor y provoca respuestas de amor.

En el diálogo de Jesús con Pedro, cuando le llama para ponerle al frente de su Iglesia, Jesús le examina de amor: “Simón, ¿me quieres?” Pedro responde afirmativamente, y al ser preguntado reiteradamente, se abandona en las manos de Jesús para decirle: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21, 17).

El lema de este año nos sitúa ante ese amor de Dios, que va delante y que busca la correspondencia de una respuesta de amor, nos recuerda que sólo en la tensión del amor puede haber réplica vocacional, nos invita a pedir al Señor que por su Caridad infinita nos envíe nuevas vocaciones en todos los campos para afrontar con esperanza la tarea de la Nueva Evangelización.


Santificar con la oración cada uno de nuestros pasos

mayo 1, 2012

"La cáritas y la justicia no son sólo acciones sociales, sino acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo"

En la audiencia general del miércoles 25 de abril en la Plaza de San Pedro, S.S. Benedicto XVI prosiguió la catequesis sobre la oración. A continuación el texto completo de la catequesis del Papa:

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Queridos hermanos y hermanas:

En la pasada catequesis he mostrado que la Iglesia, desde el comienzo de su camino, se ha encontrado frente a situaciones inesperadas que ha debido afrontar, nuevas cuestiones y situaciones de emergencia a las que ha tratado de responder a la luz de la fe, dejándose guiar por el Espíritu Santo.

Hoy quisiera detenerme a reflexionar sobre otra de estas situaciones, sobre un problema grave que la primera comunidad cristiana de Jerusalén tuvo que enfrentar y resolver, como San Lucas nos dice en el sexto capítulo de los Hechos de los Apóstoles, es decir, sobre la pastoral de la caridad hacia las personas solas y en necesidad de asistencia y ayuda.

La cuestión no era secundaria y podía crear en aquel momento divisiones dentro de la Iglesia; el número de discípulos, de hecho, iba en aumento, pero los de la lengua griega comenzaron a murmurar contra aquellos de lengua hebrea, porque se desatendía a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos.

Ante esta urgencia, que afectaba a un aspecto fundamental en la vida de la comunidad, es decir, la caridad para con los débiles, los pobres, los indefensos, y la justicia, los Apóstoles convocaron a todo el grupo de discípulos. En este momento de emergencia pastoral destaca el discernimiento realizado por los Apóstoles.

Ellos se encuentran frente a la necesidad primordial de proclamar la Palabra de Dios, según el mandato del Señor, y aunque si ésta es la exigencia primera de la Iglesia, consideran con la misma seriedad el deber de la caridad y la justicia, es decir, el deber de asistir a las viudas, a los pobres, de proveer con amor a las situaciones de necesidad en las que se encuentran los hermanos y hermanas, para responder al mandato de Jesús: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (cf. Jn 15, 12.17).

Así pues, las dos realidades que tienen que vivir en la Iglesia -la predicación de la Palabra, el primado de Dios y la caridad práctica, la justicia-, están creando dificultades y se debe encontrar una solución, para que ambas puedan tener su lugar, su relación necesaria .

La reflexión de los Apóstoles es muy clara. Dicen, como hemos escuchado, que “no es justo que dejemos de lado la Palabra de Dios para servir a las mesas. Así que, hermanos, buscad entre vosotros a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu y de sabiduría, a los cuales confiaremos esta tarea. De esa manera, nosotros podremos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra” (Hch 6, 2-4).

Hay dos cosas que cabría destacar: por un lado, que desde este momento existe, en la Iglesia, un ministerio de la caridad. La Iglesia no sólo debe proclamar la Palabra, sino también realizar la Palabra que es caridad y verdad. Y en segundo lugar: estos hombres no sólo deben gozar de buena reputación, sino que tienen que ser hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría.

Es decir, no pueden ser sólo organizadores competentes, sino que deben hacerlo en el espíritu de la fe, con la luz de Dios, en la sabiduría del corazón y por lo tanto su función, aunque eminentemente práctica, sin embargo, es una función espiritual. La cáritas y la justicia no son sólo acciones sociales, sino acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo.

Así pues, podemos decir que esta situación viene afrontada con gran responsabilidad por parte de los Apóstoles, que toman esta decisión: se elige a siete varones, los apóstoles rezan para pedir la fuerza del Espíritu Santo y luego les imponen sus propias manos para que se dediquen especialmente a la diaconía de la caridad.

Por lo tanto, en la vida de la Iglesia, en los primeros pasos que cumple, se refleja, en cierto modo, lo que sucedió durante la vida pública de Jesús, en casa de Marta y María de Betania. Marta se preocupa de ofrecer servicio y hospitalidad a Jesús y a sus discípulos; María, en cambio, se dedica a la escucha de la Palabra del Señor (cf. Lc 10, 38-42).

En ambos casos, no se contraponen los momentos de oración y escucha de Dios con las actividades cotidianas y el ejercicio de la caridad.

La llamada de Jesús: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria, María eligió la mejor parte, que no le será quitada” (Lc 10, 41-42), así como la reflexión de los Apóstoles: “… De esa manera, nosotros podremos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra” (Hch 6, 4), muestran la prioridad que debemos dar a Dios.

No quisiera ahora entrar en la interpretación de este pasaje de Marta-María; de todas maneras, no debe ser condenada la actividad cuando se dirige al prójimo, al otro, pero va subrayado que ésta debe estar penetrada interiormente por el Espíritu de la contemplación.

Por otro lado, San Agustín dice que esta realidad de María es una visión de nuestra situación en el cielo, aquí en la tierra nunca la podremos tener del todo, pero un poco de anticipación debe estar presente, en toda nuestra actividad debe estar presente también la contemplación de Dios.

No debemos perdernos en el activismo puro, sino siempre también dejarnos penetrar, en nuestras actividades, por la luz de la Palabra de Dios y así aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio a los demás que no tiene necesidad de muchas cosas: necesita, sin duda, de las cosas primordiales, pero, sobre todo, también necesita del afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios.

San Ambrosio, comentando el episodio de Marta y María, exhorta así a sus fieles y también a nosotros: “Tratemos de quedarnos, también nosotros, con lo que no se nos puede quitar, prestando a la palabra del Señor una diligente atención, no distraída: puede suceder que, si se plantan a lo largo del camino, también las semillas de la palabra celeste se las lleve el viento. Que también a ti, como a María, te impulse el deseo de saber: ésta, la obra más grande y perfecta”. Y añade: “que tampoco el cuidado del ministerio distraiga del conocimiento de la palabra celeste”, de la oración (Expositio Evangelii secundum Lucam, VII, 85: PL 15, 1720).

Los Santos, por lo tanto, han experimentado una profunda unidad de vida entre oración y acción, entre el amor total a Dios y el amor a los hermanos. San Bernardo, que es un modelo de armonía entre contemplación y vida operosa, en su libro De consideratione, dirigido al Papa Inocencio II para ofrecerle algunas reflexiones sobre su ministerio, insiste precisamente en la importancia del recogimiento interior y de la oración, para defenderse de los peligros de una actividad excesiva, cualquiera que sea la condición en la que nos encontremos y la tarea que se lleve a cabo. San Bernardo afirma que demasiados quehaceres y una vida frenética acaban a menudo endureciendo el corazón y haciendo sufrir al espíritu (cf. II, 3).

Es un valioso llamado para nosotros hoy, acostumbrados a evaluar todo con el criterio de la productividad y de la eficiencia. El episodio de los Hechos de los Apóstoles nos recuerda sin duda la importancia del trabajo -crea un ministerio propio– y la importancia del compromiso en las actividades cotidianas que se deben llevar a cabo con responsabilidad y dedicación, pero también nos muestran nuestra necesidad de Dios, de su guía y de su luz que nos dan fortaleza y esperanza.

Sin la oración diaria vivida con fidelidad, nuestra acción se vuelve vacía, pierde su alma profunda, se reduce a un mero activismo que, nos deja al fin insatisfechos. Hay una hermosa invocación de la tradición cristiana para ser recitada antes de toda actividad, que dice: «Actiones nostras, quæsumus, Domine, aspirando præveni et adiuvando prosequere, ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat, et per te coepta finiatur», es decir, “Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que todo lo que digamos y toda acción nuestra tengan siempre en ti su principio y su cumplimiento”.

Cada paso de nuestra vida y cada acción, también de la Iglesia, se debe cumplir ante Dios, a la luz de su Palabra.

En la catequesis del miércoles pasado, había subrayado la oración unánime de la primera comunidad cristiana ante las pruebas y cómo, justo en la oración y en la meditación de la Escritura, se pueden comprender los acontecimientos que estaban ocurriendo. Cuando la oración se nutre de la Palabra de Dios, podemos ver la realidad con ojos nuevos, con los ojos de la fe y el Señor, que habla a la mente y al corazón, dona una luz nueva al camino, en todo momento y en cualquier situación.

Nosotros creemos en el poder de la Palabra de Dios y de la oración. Incluso la dificultad que estaba experimentando la Iglesia ante el problema del servicio a los pobres, relacionado con la caridad, se supera con la oración, a la luz de Dios y del Espíritu Santo. Los Apóstoles no se limitan a ratificar la elección de Esteban y de los demás hombres, sino que “después de orar, les impusieron las manos” (Hechos 6, 6).

El Evangelista vuelve a recordar estos gestos también en la elección de Pablo y Bernabé, donde leemos: “después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron ” (Hechos 13, 3). Se confirma, una vez más, que el servicio activo de la caridad es un servicio espiritual, ambas realidades deben ir juntas.

Con el gesto de la imposición de las manos, los Apóstoles confieren un ministerio particular a los siete hombres, para que se les otorgue la gracia correspondiente. El que se subraye la oración -”después de orar”- es importante porque pone de relieve, precisamente, la dimensión espiritual del gesto.

No se trata simplemente de conferir un cargo, como ocurre en una organización social, sino que es un evento eclesial, en el que el Espíritu Santo se apodera de siete hombres elegidos por la Iglesia, consagrándolos en la Verdad, que es Jesucristo: Él es el protagonista silencioso, presente en la imposición de las manos, para que los elegidos queden transformados por su poder y santificados para hacer frente a los desafíos prácticos y a los desafíos pastorales.

Y el énfasis en la oración nos recuerda también que sólo de la relación íntima con Dios, cultivada cada día, nace la respuesta a la elección del Señor y se encomienda todo ministerio en la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas, el problema pastoral que llevó a los Apóstoles a elegir y a imponer las manos sobre los siete hombres encargados del servicio de la caridad, para ellos, a su vez, poder dedicarse a la oración y a la proclamación de la Palabra, nos indica también a nosotros la primacía de la oración y de la Palabra de Dios, que, a su vez, produce asimismo la acción pastoral.

Para los Pastores, ésta es la primera y más valiosa forma de servicio hacia el rebaño confiado. Si los pulmones de la oración y la Palabra de Dios no alimentan el respiro de nuestra vida espiritual, corremos el riesgo de quedar asfixiados, en medio de miles de cosas, cada día: la oración es el respiro del alma y de la vida.

Y hay otro valioso recordatorio que quisiera destacar: en la relación con Dios, en la escucha de su Palabra, en el diálogo con Dios -aun cuando estamos en el silencio de una iglesia o de nuestra habitación- estamos unidos en el Señor a tantos hermanos y hermanas en la fe, como un conjunto de instrumentos, que también en su individualidad, elevan a Dios una única gran sinfonía de intercesión, de acción de gracias y de alabanza. Gracias.

(Traducción del italiano: Eduardo Rubió y Cecilia de Malak – RV)

Radio Vaticano


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